Semprún, ese escritor francés

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Me estoy dando un atracón de Semprún, ese escritor francés que fue ministro de cultura en España. Desde que leí hace años “Autobiografía de Federico Sánchez” no había vuelto a visitarlo. Supongo que la publicación de una reciente biografía me ha abierto de nuevo el apetito literario. He devorado en un par de días “Federico Sánchez se despide de ustedes”, un libro sobre su experiencia en el ministerio de cultura que salta al campo de concentración de Buchenwald -que lo marcó y marcó también su obra- hasta su infancia en Madrid, antes de que su familia se exiliase, primero en La Haya y después en París, o a sus días clandestinos como miembro del PCE en la España franquista. Esos saltos temporales son propios de su estilo, que me gusta. También están en “La escritura o la vida” y en “Adieu, vive clarté”, los libros con los que ando liado a la par (el último en francés). Me gusta la sensación de leerlo en francés. Habla de su infancia en Madrid, de su llegada al extranjero, de su decisión de hablar francés sin acento, lengua que finalmente utilizó en su trabajo literario. No sé por qué, desde pequeñito siempre quise ser yo también un escritor francés (Jo, he sentido un estremecimiento al confesar esto. A ver si alguno me va a crucificar ahora como a Fernando Trueba por aquello que dijo en la entrega del premio).

Análisis de la dramaturgia española actual

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Me escribe el maestro García Barrientos. Me envía las pruebas del libro Análisis de la dramaturgia española actual, que él coordina y donde participo con un capítulo dedicado a Barcelona, mapa de sombras, de Lluïsa Cunillé, que abre el libro. Me divertí mucho diseccionando la obra a través del modelo de análisis dramatológico que propone el maestro.

El libro incluye trabajos sobre otros autores españoles, más o menos de la misma generación que la Cunillé, como Sergi Belbel, Antonio Álamo, Rodrigo García, Juan Mayorga, Angélica Liddell y Ernesto Caballero. Teatro postdramático, neo-naturalismo, poética de la sustracción… Temas, estilos, poéticas diferentes y no tan diferentes que desvelan compañeros como Emilio Peral Vera, Abel González Melo, Miguel Carrera Garrido, Ana Fernández Valbuena y Ana Gorría Ferrín. En un largo y prolijo prólogo el maestro García Barrientos expone el modelo de análisis -común en el trabajo de todos los participantes- que ha venido desarrollando en distintas obras teóricas, ya clásicas en los estudios de teatro. Además, mi querida y admirada Mabel Brizuela -que dedicó algunos de sus trabajos a mi obra dramática- nos habla de la “renovación incesante” del teatro español.

En fin, en breve en las librerías.

La cultura desactualizada

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Ando investigando algunos asuntos sobre el teatro andaluz para uno de los proyectos que tengo entre manos. Hace dos semanas escribí un email a la Agencia Andaluza de Instituciones Culturales, responsable del Centro Andaluz del Teatro (CAT). Les avisaba que la página web del CAT estaba completamente desactualizada y que me apenaba que la imagen que se estaba trasladando al mundo de la cultura andaluza, particularmente del teatro, era de absoluto desentirés, puesto que, entre otras muchas cosas, la programación que se ofrecía era la de 2014/2015. Me contestaron lo siguiente: “Buenos días, Acusamos recibo de su comunicación y le informamos que damos traslado de la misma a la Unidad competente en este tema. Atentamente”. La respuesta, como se ve, destaca por su cariño burocrático. Desde el Gabinete de la Consejera de Cultura, Rosa Aguilar, a quien también escribí, ni siquiera me contestaron. Normal, debieron pensar que se trataba de un asunto menor. La web del CAT sigue desactualizada. Debe ser que “la Unidad competente en este tema” tiene mucho trabajo. En fin, quizás se deba a que la gestión de la cultura andaluza esté tristemente desactualizada. http://www.juntadeandalucia.es/cultura/cat/programadeactividades/

Manos

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Pues aquí tenemos a Fabián Pérez, de la compañía Viterbo Teatro, hablando de la obra “Manos” (casualmente de mi autoría) que se programó hace un mes en Cantabria. A finales de junio, también en Madrid. Iremos informando.

La leyenda del tiempo

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Ayer nos emocionamos con las chicas del Grado de Artes Visuales y Danza mientras analizábamos algunas secuencias del documental La leyenda del tiempo de Isaki Lacuesta.
Sobre todo, cuando Makiko, la chica japonesa que viaja a San Fernando para aprender a cantar como Camarón, recibe por teléfono la noticia de la muerte de su padre y comienza a balbucear la versión cantada del poema de García Lorca que hizo el propio Camarón. Contemplé en silencio los rostros de mis alumnas. Instantes mágicos, formidables, en los que nos dejamos arrastrar por las imágenes, la melodía, el ritmo -el compás, que diría Monge, el hermano de Camarón, que aparece en la secuencia- y la fuerza del poema. Por momentos como este merece la pena dar clases.

Las imágenes de Isaki Lacuesta:

El poema de García Lorca:

El sueño va sobre el tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del sueño.
—¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!
—¡Qué témpanos de hielo azul levanta!
El tiempo va sobre el sueño
hundido hasta los cabellos.
Ayer y mañana comen
oscuras flores de duelo.
—¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
—¡Qué espesura de anémonas levanta!
Sobre la misma columna,
abrazados sueño y tiempo,
cruza el gemido del niño,
la lengua rota del viejo.
—¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!
—¡Qué espesura de anémonas levanta!
Y si el sueño finge muros
en la llanura del tiempo,
el tiempo le hace creer
que nace en aquel momento.
—¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
—¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

Soy otro: un extraño

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Hoy Pitol me ha recordado algo que escribió Justo Navarro, novelista y traductor, en el prólogo de El cuaderno rojo de Paul Auster. Cuando lo leí hace unos años me pasó desapercibido. Ahora, con la relectura, adquiere todo su sentido. Navarro escribió esto:

Escribes la vida, y la vida parece una vida ya vivida. Y cuanto más te acercas a las cosas para escribirlas mejor, para traducirlas mejor a tu propia lengua, para entenderlas mejor, cuanto más te acercas a las cosas, parece que te alejas más de las cosas, más se te escapan las cosas. Entonces te agarras a lo que tienes más cerca: hablas de ti mismo conforme te acercas a ti mismo. Ser escritor es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo. Escribir es un caso de impersonation, de suplantación de personalidad: escribir es hacerse pasar por otro.

Soy otro. Un extraño.

Cita con Pitol

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Ayer me visitó Sergio Pitol en casa. Está viejito y gordo. Me recordó a mi amigo Roberto Lázaro Ochoa, cineasta y productor, que murió hace una década a los 86 años. Pitol se sentó en la incómoda butaquita del salón y, bajo la luz del flexo, me habló mucho del gran Monsiváis, que también murió y que era su gran amigo literario y al que nunca leí. La literatura, precisamente, ocupó la mayor parte de la conversación. Él, Pitol, me dijo que se había dedicado a estudiar las poéticas de otros y que nunca había tenido tiempo de meditar sobre la suya. No me lo creí del todo a tenor de lo que me estaba contando sobre su preocupación por la forma.

Poco antes de despedirse (ya era tarde y tenía que tomar el avión rumbo a México: vive en Xalapa) me dijo algo que, en cuanto le di un abrazo agradecido y cerré la puerta, anoté precipitadamente en mi cuaderno de notas y que reproduzco, por su interés (pienso en mis alumnos de la universidad), aquí:

Otra regla, la definitiva: jamás confundir redacción con escritura. La redacción difícilmente permitirá que la palabra posea más de un sentido; para la escritura, la palabra es por naturaleza polisemántica (sic): dice y calla a la vez; revela y oculta. La redacción es confiable y previsible; la escritura nunca lo es, se goza en el delirio, en la oscuridad, en el misterio y el desorden, por más transparente que parezca.

Hacía unas semanas les explicaba a mis alumnos de Periodismo la diferencia entre el lenguaje periodístico y el lenguaje literario, entre denotación y connotación, las dimensiones del acto del lenguaje de Austin y la significación del silencio entreverado entre las palabras en la comunicación. El curso que viene, me dije, Pitol estará también en mis clases. El periodismo, ya les he dicho a mis alumnos con mi prepotencia habitual, es un oficio cortito si no se complementa con estas cosas.

Nota: Tengo que leer a Monsiváis.

Barthes y el drama videoescénico

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Ando repasando mi tesis doctoral, Poética del drama videoescénico. La enunciación audiovisual en el teatro español actual, (masoca que es uno) para una posible publicación en formato libro y leo esto:

Barthes destaca la complejidad de la representación teatral al darse al mismo tiempo una pluralidad de signos proveniente de lo diferentes códigos (y de los usos de éstos) que conforman el sistema teatral. En el drama videoescénico, objeto de esta investigación, esa densidad extraordinaria de la representación teatral, entendida como acto semántico, se ve ampliada al insertarse en el modo de representación teatral elementos del modo de representación narrativo de enunciación audiovisual. Esta investigación no puede dejar de lado, por tanto, parafraseando en sentido inverso al propio Barthes, “el problema del cine”, puesto que los elementos permanentes en la representación teatral, como la escenografía, y aquellos que se muestran cambiantes, como la palabra, los gestos y los movimientos del actor, se relacionan obligatoriamente con los elementos del modo narrativo de enunciación audiovisual a través de la pantalla o cualquier otro soporte de proyección presente en el escenario. La pantalla, como soporte, se encontrará en muchos caso permanentemente en el escenario, formando parte de la escenografía; las imágenes proyectadas serán elementos en permanente cambio, cambio de la verbalidad, el movimiento o los gestos de los actores, pero también de espacios, que podrán desbordarse en su multiplicidad, puesto que la imagen audiovisual está capacitada para convertir en patente cualquier espacio latente o, incluso, en apariencia ausente. De manera que el modo narrativo de enunciación audiovisual, inserto en la representación teatral, amplía el sistema de signos del teatro o, dicho con las palabra de Barthes, redimensiona su “espesor de signos”.

Jo -pienso-, esta parte me salió bonita.

Despedida

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Piglia Renzi
He estado postergando la despedida de Renzi. Pero hoy, justo antes de llegar a Príncipe de Vergara, he cerrado el libro. Han sido unas cuantas semanas de viajes compartidos en el metro. “La historia continuará -me dijo-. Si no me muero antes”. Me conmovió. Renzi, el de verdad, el que vive fuera del libro, tiene ELA. Me lo descubrió Jorge Carrión en El País. “Mierda”, me dije. No me consuela que, como autor implícito, siga viviendo eternamente en esa posteridad para la que uno escribe de la que hablaba el maestro Monterroso hace años, poco antes de morirse, en Casa de América. Me gusta imaginarlo cercano, corpóreo, en Pricenton o paseando por Buenos Aires. A Renzi. No sé qué decir. Hasta la próxima estación, Renzi, amigo.

Decisión

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Me dice Renzi en el metro: Uno vive una vida de escritor porque ya lo ha decidido, pero luego los textos deben estar a la altura de esa decisión. Renzi, alos 16 años, ya tenía claro que la literatura era su destino. Toda su vida (nació en el 40, dos años antes que mi viejo) estuvo enfocada, improvisadamente, obstinadamente planificada y diseñada, hacia ese objetivo. Creo que él puede decir que sus textos están a la altura de la decisión adolescente. En fin, siempre es interesante escuchar a Renzi en el metro.