Artaud y los ONCE HERMANOS

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Artaud
He estado en Sevilla en Semana Santa. Más concretamente en Alcalá de Guadaira, mi pueblo. Allí también hay procesiones. Voy casi todos los años por estas fechas. Pero no suelo ver procesiones. Es un tipo de teatralidad ritual que no me pone. No sé si Artaud tuvo oportunidad de ver alguno de estos pasos. Supongo que no, aunque imagino que le hubiesen gustado (de algún modo, propuso la vuelta al ritual en el teatro). Dicen que era un tipo genial y desequilibrado. Sus teorías teatrales, herederas de algunas propuestas de Alfred Jarry y recogidas después por el gran Jean Genet, están construidas desde el desequilibrio. Dicen que sólo desde la alienación puede alumbrarse la revolución que Artaud concibió para la escena y expresadas en El teatro y su doble y El teatro de la crueldad.

Pero yo no suelo ver pasos de Semana Santa. Me reuno con viejos amigos y como -sobre todo como- con la familia. Quiero decir, con mis padres y hermano, eso que llaman la familia nuclear. Durante el café mi padre despertó mi curiosidad por la otra familia, esa que de tan extensa uno nunca ha conocido. Me contó fragmentos de historias de mi abuelo y algunos de sus diez hermanos. Historias de postguerra. Historias de lucha y tragedia. De esperanza en la derrota, de un humor triste, pero humor al fin. Me habló del episodio de mi abuelo y su amigo Benítez frente a una pareja de la Guardia Civl en el que una discusión surrealista sobre una perdiz estuvo a punto de costarles la vida. Me habló de su tía Encarna, novia durante la guerra de un comandante alemán que murió en combate y del que tuvo un hijo (ilegítimo se decía entonces), Jaime, al que la familia paterna quiso llevarse a Alemania sin conseguirlo. Cuando Jaime creció se hizo comunista y lo metieron preso durante el servicio militar (bicheando en internet he descubierto un Jaime con los apellidos de mi abuelo en la ejecutiva de hace unos años de CC.OO Andalucía).

Mi padre me habló también de su tío José que tenía dos hijos, a uno de los cuales descubrió pintándose los labios en el cuarto de baño. Me habló de su tía Josefa y de su primer marido, que se dejó matar por los falangistas sin usar la pistola que tenía consigo (a mi abuelo se lo oí reprochar muchas veces durante mi infancia). Me habló de su tío Romualdo, de su tía Patro, de su tía Cristina… De los once hermanos

Mientras mi padre hablaba, yo trataba de recordar una vieja foto colgada de la pared en la casa de mi abuelo. Once hermanos -hombres y mujeres ya mayores- alrededor de una pareja de ancianos. Intenté ponerles cara a los nombres (mi abuelo me los señaló, me repitió sus nombres uno a uno decenas de veces en respuesta a mis demandas infantiles). Fue inútil. Los había olvidado. De la calle llegaba el sonido de tambores y trompetas procesionales. Dentro, las voces de los once hermanos.

Definitivamente, Artaud hubiese escrito sobre las procesiones -quizás lo hizo, no recuerdo-, creo que yo lo haré sobre esa foto. Me gusta el título de la obra: Once hermanos.

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