CRUEL Y TIERNO de Martin Crimp

Estándar

cruel y tierno
Fui a ver Cruel y tierno con el interés y curiosidad que me despertó un tipo como Martin Crimp al que algunos críticos, como antes hicieron con Sarah Kane, han calificado como heredero de Pinter. No había visto ni leído nada del autor del Royal Court, aunque utilicé su nombre como coartada en otro artículo de este blog. Lo que he visto en el flamante Teatro Valle Inclán me ha jodido la coartada por completo.

Cruel y tierno es una historia bastante convencional sobre la guerra. Lo mejor que tiene es lo que ha conservado de Las Traquinianas (o traquinias) de Sófocles en la que se basa. Cuando el amigo Martin mete la mano, sus personajes carecen de interés. Al menos, no lo tenían para mí. —¿Qué nos ha contado que no lo hubiéramos visto ya en otras historias cargadas de buenas intenciones e igual de convencionales? Por el contrario, cuando se pone crudo y alternativo (como una Kane refinada, como un Pinter predecible), todo aquello toma el aire de un ejercicio de impostura. No hay emoción. No hay verdad escénica.

Dicen que, a veces -muy pocas veces-, una buena dirección puede salvar un texto mediocre (Ulises, por ejemplo, un texto mío fallido). No es el caso de Cruel y tierno. García Yagüe, un buen director forjado en la Sala Cuarta Pared, confunde dramatismo y emoción . No traspasa la piel, en palabras de un amigo actor. García Yagüe ha concebido un montaje destartalado que hace muy complicado el trabajo de los actores y que, lejos de meter al público dentro de la acción, lo aleja de ella.

Para mi amigo actor es una agradable sorpresa ver las posibilidades de la sala y la disposición de programar cosas que se salgan de los moldes que ya conocermos. Por mi parte, no creo que programar Cruel y tierno sea salirse de esos moldes. Hay distitnos moldes. Cruel y tierno pertenece al molde alternativo descafeinado. No hay riesgo. No hay emoción. El Teatro Valle Inclán merece una programación de riesgo creativo. Hay que reconocer el esfuerzo del equipo de Gerardo Vera por seguir este camino. Pero no deberían quedarse a medias. Debían haber apostado por un texto más auténtico, más sincero. Más de verdad. —¿Por qué no uno de la propia Sarah Kane? El propio Martin Crimp, que asegura admirarla, se hubiera sentido satisfecho.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *