Roberto Ochoa, director de fotografía

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Ochoa
Ahora que estamos a punto de estrenar En Negro en el Janagah, me he acordado de ULISES, el último estreno de Teatro Hurgente que tuvimos en la sala. Fue el año pasado por estas fechas. Me acordé de Ulises e inmediatamente me acordé de Roberto Lázaro Ochoa, el amigo que me prestó su historia para darle vida al personaje. El Ulises que da título a la obra es en parte un anciano músico cubano que se extravió por las calles de Madrid durante una gira de su grupo y es en parte Ochoa, también cubano, también anciano, director de fotografía. En su dilatada carrera cinematográfica filmó en EE.UU a Errol Flyn, a Victor Mature, a la sin igual Ava Gardner, a Spencer Tracy en El viejo y el mar.

También dirigió y fotografío un clásico del cine social colombiano, Tierra amarga en 1965. Desde su llegada a España hace más de cuarenta años ha estado presente en innumerables largometrajes. Musicales como El padre Coplillas, policiacos como La última jugada, de terror como Vudú sangriento. A finales de los setenta (creo que la foto que ilustra el post es de algo antes) fundó su productora, Ballesta Films. A través de ella sacó adelante películas muy taquilleras, aquellas películas del destape clasificadas S con títulos como Silvia ama a Raquel, Aberraciones sexuales de un diputado, Con el rabo entre las piernas o Vicios de mujer. Cine de consumo, de género. Pero cine sin complejos.

Su trayectoria profesional ha sido tan variada como la personal. Tuvo cinco esposas y numerosos hijos (colombianos, estadounidenses y cubanos). Con su última mujer (casualmente se llamaba como el personaje femenino de ULISES: Carmela) no tuvo hijos. Vivieron treinta apasionados y turbulentos años en Madrid, hasta que ella enfermó de cáncer y falleció hace una década. Hoy, Roberto Lázaro Ochoa apura la vida en su pequeño piso del centro, acompañado por un canario (el gato se fugó hace meses), que canta y canta como si le hubieran dado cuerda, y un tarro con las cenizas de su mujer, que tiene en lugar destacado del salón y al que en momentos de soledad y alcohol le habla. Tiene el hígado destrozado, los pulmones negros y un tumor en la próstata del que se ha recuperado. Últimamente tiene una pierna jodida. Lo he acompañado al hospital en diferentes ocasiones. Allí, a veces soy su sobrino, a veces su cuñado, siempre un familiar al que los médicos -a los que detesta, pero camela- puedan explicarle la realidad de su enfermedad, puesto que piensa que siempre mienten a los pacientes.

Ochoa es un tipo singular que se hace querer. Habla de cine cuando se le anima -al principio se niega, puesto que a sus ochenta años su máxima es vivir el presente-, de mujeres, de boxeo y de Arturo (cartonero, dipsómano impenitente y artista blablablá de todo y nada), un amigo común al que detesta y adora a partes iguales.

Ochoa vio la primera trilogía de Teatro Hurgente (le encanta ir al Janagah y seducir a las chicas), pero me resistí a que viera ULISES. Podía haberlo llevado. Ochoa -que practicó el boxeo en su juventud- es un tipo que no se arruga ante nada, menos ante un cuentito con monigotes, como diría él, aunque refleje parte de su historia. Se quedaría analizando la posición de las luces y no podría reprimir alguna crítica técnica. Pero yo -que también he practicado el boxeo- sí me arrugué. Fue un error. Ulises no es Ochoa.

Ahora que estamos a punto de estrenar En Negro, creo que no voy a cometer el mismo error. Creo que voy a invitar al mafioso Señor Mierda a asistir al espectáculo. Y también a sus dos esbirros. Y a la chica mala y a la buena chica. Creo que me gustaría verlos a todos sentados en primera fila.

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