En Negro en ESTUDIO EN ESCARLATA

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EN NEGRO-BLOG
Ayer llevé algunos ejemplares de En Negro a la librería Estudio en Escarlata. Hay un problema con los textos teatrales premiados y editados por la Administración: su pésima distribución. Juan y Victorino, los amigos de la librería, mostraron su interés por asistir a una de las funciones de En Negro, incluso pasando por taquilla. Una pena que la obra no vuelva hasta noviembre. Me hubiera gustado que la hubieran visto. Estudio en Escarlata está especializada en novela negra y policiaca. La librería lleva el nombre de la primera aventura de Sherlock Holmes, aquella en la que conoce a su inseparable Watson y que Conan Doyle escribió en 1806. Es un placer darse una vuelta por ella y ver sus estanterías repletas de novelas del género.

Allí, Thompson, Hammett, Chandler, Woolrich, Ellroy, Chester Himes, Patricia Highsmith, Vázquez Montalbán, Andreu Martín, Juan Madrid, Paco Ignacio Taibo II y Andrea Camilieri comparten estantería con los más novísimos valores recién traidos por Juan de la Semana Negra de Gijón. Uno encuentra lo que busca y, agradablemente, lo que no busca y nunca esperaba encontrar. Estudio en Escarlata se encuentra en Madrid, en la calle Guzmán el Bueno, 46, justo esquina con Fernández de los Ríos. También tienen una magnífica página web a través de la que se puede conseguir cualquier libro de su extenso catálogo.

A pesar de su procedcia teatral, creo que los personajes de En Negro se sentirán a gusto en compañía de Sam Spade, de Marlowe, de Sepulturero y Ataúd, de Easy Rawling, de Pepe Carvalho, de Héctor Beloascarán, de Montalbano… Quien sabe, lo mismo Ripley le baja los humos de una vez por todas a mi Mujer Fatal.

Los mandamientos de Asimov

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azimov
Detestaba tanto a Asimov como a los Álvarez Quintero. Prefería la lírica de Bradbury y sus Crónicas marcianas a la épica cientifista del primero. Sin embargo, hace unos años, Martín me insistió tanto en que leyera la trilogía de Fundación que no tuve más remedio que empezarla. En una semana de aquel verano la terminé. Me encantó. Quería más de aquellas historias.

Más allá de la calidad literaria, en Asimov importan los argumentos y la atmósfera. Hace una semana, mi hija trajo a casa dos volúmenes de sus cuentos completos. Se los arrebaté y ando disfrutando de su lectura. Es una edición barata de bolsillo, pero en ella se puede ver la evolución del estilo, el intento de crear su propio mundo literario. El Universo es el Macondo de Asimov, su Santa María, su condado de Yoknapatawpha. Entre las páginas de uno de los volúmenes hay un texto extraño para una edición de bolsillo titulado Las bases del éxito en ciencia ficción que resume -no sin manifiesta ironía- su poética y que reproduzco:

Para triunfar con límpido brillo en el oficio de la ciencia ficción,
recurre a la jerga de las ciencias (aunque sólo te suene a jerigonza).
Habla del espacio, de galaxias y de falacias teseráticas
en estilo místico y agudo;
el aficionado, aunque no entienda un bledo, te lo exige
con blanda sonrisa de esperanza.

Y el aficionado dirá
mientras tú por tu espacial senda andarás:
si ese joven vuela por toda la galaxia,
qué tipo de hombre tan imaginativo ha de ser ese tipo de hombre.

No hay misterio en el éxito: desempolva tus libros de historia.
Un imperio que otrora fue romano encaja en la estrellada Vía Láctea.
Con hiperespacial impulso surcará los parsecs,
y armarás una trama sin mayor trajín
si espigas las obras de
Edward Gibbon y de Tucídides el griego.

Y el aficionado dirá
mientras tú por tu reflexiva senda andarás:
si ese joven conoce tanta historia,
qué alto ha de ser su alto cociente de inteligencia.

Borra todo pensamiento lujurioso de la mente cavilosa de tu héroe.
Que cultive la política y la argucia y se ciegue a todo lo demás.
Le basta con haber tenido madre, las demás mujeres sólo estorban,
a pesar de sus joyas y sus lustres.
Sólo lo distraen de sus sueños y le impiden
consagrarse a esa piscohistoria.

Y el aficionado dirá
mientras tú por tu estrecha senda andarás:
si todo es masculino en sus relatos,
qué casto ha de ser ese joven puro y casto.

Creo que lo escribió en los años cincuenta, cuando comenzaba a despuntar el éxito de sus cuentos en las revistas norteamericanas de ciencia ficción. Puede que sea la respuesta a alguna crítica. Me gusta creer esto. No me imagino a un Asimov tan pacato.

Los Alvarez Quintero

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Los Álvarez Quintero nacieron en Utrera, muy cerca de mi pueblo, Alcalá de Guadaira. Desde pequeño detesté sus obras, su manera de entender el teatro y su manera de percibir -o al menos reflejar- la tierra. Desde pequeño me dolieron su humor y los tópicos bienintencionados de sus argumentos. De ellos dijo Luis Cernuda, otro sevillano poeta, que era muy aguda la observación de la realidad, y deliciosa la representación dramática, solamente viciada, en ocasiones, por el optimismo pueril y apriorístico con que pretendían idealizarla. Los detesté. A los Quintero, digo. Quizás injustamente. O no. A estas alturas todavía no lo tengo claro. Pero algún respeto habría que tenerle a unos tipos que escribieron más de doscientas obras con una masiva aceptación popular.

Todo esto viene a cuento porque Marta Reneses, actriz de En Negro, y Juan de la Serna han realizado una versión de Las ganas de reñir. Ambos la interpretan en Artepolis (C/del Olivar, 13 de Lavapiés) los miércoles 19 de junio y 5 y 19 de julio, a las 21.00 horas. Iré a verlos uno de los días, claro. A Juan, a quien conozco y aprecio, nunca lo he visto en un escenario, y de Marta siempre espero mucho y nunca me defrauda. Espero que su versión de esta obra de los Quintero me reconcilie con ellos (con los Quintero, quiero decir). O al menos, me haga menos dogmático. Aunque no sé, la verdad… Me concentraré en la actuación que es a lo que voy.

KIK BOXING, teatro de la verdad

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Era en un polideportivo perdido de Fuenlabrada. Mis compañeros del gimnasio participaban en un campeonato de kik boxing. Yo era un recién llegado. Apenas podía mantener los guantes arriba unos minutos sin que los hombros me reventaran. Así que me limité a hacer fotos. Hace unos días encontré las copias de contacto perdidas entre el desorden de mis papeles y libros. Sentí de nuevo el olor, el sabor, los nervios, la pesada presencia de los espectadores… La misma sensación que tiene uno ante un estreno teatral.

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Siempre me gustaron las artes marciales por su naturaleza teatral. Karate, aikido, shihaishinkai, kik boxing, thai boxing… Todas las disciplinas tienen en común un ritual, una estrucutra dramática muy determinada y una puesta en escena siempre distinta. El actor concentrado para salir al escenario.

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La aparición explosiva, el intentar hacerse dueño de la escena desde el primer momento.

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El conflicto entre los personajes manteniéndose, proyectándose hacia el desanlace.

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No importa qué los mueve. Sólo el deseo de avanzar, de conseguir el objetivo.

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Hay verdad escénica en el cuadrilátero, en el dojo. Más que en el teatro. Nada está establecido.

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Y ya nadie es el mismo. La derrota o la victoria nos hace cambiar. Incluso a los espectadores.

Buenos días, Marcha Hormiga

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Ayer vino Amón Ra -músico, compositor, cantante- a ver la última función de En Negro en el Janagah. Amón Ra es la voz -rota, cascada a lo Joe Cocker– de Marcha Hormiga. También es un actor con garra. Interpretó al Loco de EL BUS y fue el anciano protagonista de ULISES. Por un momento, al verlo en la barra, mientras apuraba una cerveza, creí estar frente a los dos personajes encarnados en un mismo cuerpo. Pensé que Amón Ra iba a ponerse a bailar, a tararear el Ella no vendrá del Loco con el tarro de cenizas de la Carmela muerta en la mano. Todavía hay algo del Loco en la mirada de Amón Ra. Hay algo de Ulises en su voz, en sus movimientos… Y sí, allí estaban, frente a mí, el Loco y Ulises. Y Amón Ra. El actor, el músico, el compositor de Buenos días, América, el tipo que tras quince años sigue peleando por sacar adelante Marcha Hormiga pese que abandone la cantante y el batería, pese a la traición de alguna discográfica. Allí estaban. Los tres. Inseparables.