Los mandamientos de Asimov

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Detestaba tanto a Asimov como a los Álvarez Quintero. Prefería la lírica de Bradbury y sus Crónicas marcianas a la épica cientifista del primero. Sin embargo, hace unos años, Martín me insistió tanto en que leyera la trilogía de Fundación que no tuve más remedio que empezarla. En una semana de aquel verano la terminé. Me encantó. Quería más de aquellas historias.

Más allá de la calidad literaria, en Asimov importan los argumentos y la atmósfera. Hace una semana, mi hija trajo a casa dos volúmenes de sus cuentos completos. Se los arrebaté y ando disfrutando de su lectura. Es una edición barata de bolsillo, pero en ella se puede ver la evolución del estilo, el intento de crear su propio mundo literario. El Universo es el Macondo de Asimov, su Santa María, su condado de Yoknapatawpha. Entre las páginas de uno de los volúmenes hay un texto extraño para una edición de bolsillo titulado Las bases del éxito en ciencia ficción que resume -no sin manifiesta ironía- su poética y que reproduzco:

Para triunfar con límpido brillo en el oficio de la ciencia ficción,
recurre a la jerga de las ciencias (aunque sólo te suene a jerigonza).
Habla del espacio, de galaxias y de falacias teseráticas
en estilo místico y agudo;
el aficionado, aunque no entienda un bledo, te lo exige
con blanda sonrisa de esperanza.

Y el aficionado dirá
mientras tú por tu espacial senda andarás:
si ese joven vuela por toda la galaxia,
qué tipo de hombre tan imaginativo ha de ser ese tipo de hombre.

No hay misterio en el éxito: desempolva tus libros de historia.
Un imperio que otrora fue romano encaja en la estrellada Vía Láctea.
Con hiperespacial impulso surcará los parsecs,
y armarás una trama sin mayor trajín
si espigas las obras de
Edward Gibbon y de Tucídides el griego.

Y el aficionado dirá
mientras tú por tu reflexiva senda andarás:
si ese joven conoce tanta historia,
qué alto ha de ser su alto cociente de inteligencia.

Borra todo pensamiento lujurioso de la mente cavilosa de tu héroe.
Que cultive la política y la argucia y se ciegue a todo lo demás.
Le basta con haber tenido madre, las demás mujeres sólo estorban,
a pesar de sus joyas y sus lustres.
Sólo lo distraen de sus sueños y le impiden
consagrarse a esa piscohistoria.

Y el aficionado dirá
mientras tú por tu estrecha senda andarás:
si todo es masculino en sus relatos,
qué casto ha de ser ese joven puro y casto.

Creo que lo escribió en los años cincuenta, cuando comenzaba a despuntar el éxito de sus cuentos en las revistas norteamericanas de ciencia ficción. Puede que sea la respuesta a alguna crítica. Me gusta creer esto. No me imagino a un Asimov tan pacato.

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