Algo sigue su curso y entonces

Estándar

algo-blg
Entonces, hace mucho tiempo, cuando no era más que un adolescente bobalicón (casi como mis niños mutantes), formaba parte de un grupo de música que llamamos (lo confieso, fue idea mía) Ropa Interior. Se suponía que yo me encargaba de la guitarra rítmica, pero ya desde pequeñito sufría una galopante arritmia que no podía solucionar ni el mejor de los cardiólogos (lo mío era más de oído que de corazón). Nunca llegué a aprender a afinar la guitarra y, si mis compañeros lo hacían por mí, cuando por fin tocaba ellos iban por un lado y mi guitarra por otro.

Fui el primero en abandonar el grupo. En dejar de tocar, quiero decir. Porque me encargaba de hacer algunas letras (recuerdo especialmente un tema titulado Amando a un muerto. Iba de una chica enamorada de su difunto primo hermano) y de intentar sobar a las chicas que visitaban nuestro local de ensayo (una habitación de la casa de mi abuelo). Carlos Makheijan, con quien compartí empleo en una fábrica de puertas de madera para muebles, lo dejó con veintitantos, poco después de casarse. Jose, que se encargaba de los punteos tipo Pink Floyd, ahora es profesor de música en un instituto. Sólo Pinto, el batería que se parecía a Ringo Starr y cantaba como Paul McCarney, y mi primo Cruz, que tocaba los teclados, siguen en la brecha, simultaneando la música con empleos más o menos estables. El jueves 30 de noviembre va a estrenarse en el Museo de América Algo sigue su curso, una obra que habla de entonces. De sueños, de miedos, de senderos, de vacío, de silencio…

En la sinopsis que aparece en el programa junto a la foto del actor Rafa Zumárraga, que encarna a uno de los personajes -de algún modo creo soy yo- se puede leer: Ante la mirada derrotada de un obrero veterano, dos jóvenes, miembros de un grupo de rock y compañeros de trabajo en la misma fábrica de muebles, se enfrentan a una decisión que determinará trágicamente el resto de su vida. A veces, cuando la realidad se muestra con la crudeza de la cotidianeidad, sólo queda la música y todo se puede explicar con una canción, evocada, versionada por los protagonistas. Heredera directa de los postulados del “Teatro Hurgente” -sobre todo de “Dos obreros”, el texto que inauguró el movimiento- la obra toma su título de un diálogo de “Final de partida” de Samuel Beckett. El enfrentamiento entre la necesidad de elección de un futuro propio y el determinismo de una condición social impuesta toma cuerpo en esta obra con tintes beckettianos al ritmo del sonido de una enorme máquina, metáfora de que, efectivamente, “algo sigue su curso”. Teatro de texto, pero sobre todo de ritmo y de silencio.

Para mí, sin embargo, todo se resume en una sola palabra: entonces. Con música, claro

—¡Me cago en dios, Lorca eran todos!, dijo Brecht

Estándar

brecht1
No he podido evitarlo. Se me reveló. Debía hacer el jueguecito de palabras. En el titular, digo, con Lorca eran todos, la obra de teatro dirigida por Pepe Rubianes recientemente retirada del Teatro Español por la presión terrorista y con Me cago en dios, la obra de ͍ñigo Ramírez de Haro, censurada por la Presidenta de la Comunidad de Madrid y objeto también -en la propia carne de su autor- de la agresión terrorista. También sucumbió La Revelación, el espectáculo de Leo Bassi, cuando colocaron un artefacto explosivo en el Teatro Alfil. Ha nacido un nuevo tipo de terrorismo. Un terrorismo contra el teatro. Sus operaciones se gestan en ciertos foros de internet, en ciertos medios de comunicación donde se arenga y se grita: —¡Paremos el espectáculo! —¡Detengamos la función!

Allí se comparten insultos y se ensayan amenazas que luego saltan de la realidad virtual a la realidad a secas y llegan al actor, al director, al gestor del teatro en forma de e-mail, de llamada telefónica, de carta anónima. Para amedrentarlos, para someterlos mediante el terror. Ya son tres los espectáculos atacados. Tres los espectáculos retirados. La agresividad terrorista crece y se envalentona ante una sorprendente pasividad del resto del mundo. Uno lee, por ejemplo, las tibias declaraciones de muchos de los compañeros de profesión (mejor no leer la de los cómplices de los terroristas), y te salta a la cara el subtexto, como un cachete de monja: tenía ganas de provocar, se pasó en las declaraciones… Si los han amenazado, agredido, o colocado una bomba debajo de un asiento del teatro es porque algo han hecho: —¿unas declaraciones injuriosas contra la patria que, por otro lado, nada tienen que ver con la obra atacada? —¿Poner un título más o menos acertado a un texto basado en una experiencia personal con el catolicismo? —¿Denunciar el fundamentalismo religioso mediante el sarcasmo y la parodia? Pecados capitales todos. Se merecen arder en la hoguera terrorista. Se merecen, al menos, sufrir un poquito de kale borroka. Saquemos a Brecht del armario, por favor, e invitémosle a café y puro para que nos recuerde otra vez aquello tan repetido de que vale, que no somos comunistas, ni judíos pero que vendrán a por nosotros. —¡Lorca somos todos, me cago en dios!, dicho con todo respeto, por supuesto.