Los hermosos vencidos

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Recibí un e-mail. Un miembro de la compañía vasca Herr Doktor me informaba de que había puesto en pie Dos obreros, la obra con la que inauguramos el Teatro Hurgente desde el Janagah. Formaba parte de un espectáculo titulado Los hermosos vencidos junto a otros textos cortos de Carlo Frabetti, Animalario y una adaptación de una narración gráfica de Will Eisner. La compañía se disculpaba por haber utilizado mi texto sin haberme avisado con antelación.

Se habían topado con él en el libro Off familia’s (Trilogía de Teatro Hurgente), publicado por Hiru, la editorial de Eva Forest y Alfonso Sastre, hace ahora un año y medio. No sé si debía haberme molestado. Los derechos de autor, la propiedad intelectual, el control de la obra (por modesta que ésta sea)… En fin todas esas cosas. Sin embargo, la constatación de que los dos obreros (el mayor, cansado, derrotado; el joven, por derrotar) y La Manuela (la máquina que unía pasado, presente y futuro en un espacio sin tiempo) podían vivir, como ya sospechaba, de forma completamente independiente y autónoma, cartografiando caminos, decidiendo encrucijadas, cruzándose con otros personajes, construyendo nuevas historias, nuevos sentidos, me produjo una indescriptible sensación.

Los dos obreros y La Manuela se han mezclado con los personajes de Frabetti, con los de Animalario, con los de Eisner, en Durangoko gaztetxea, en Kontainer Aretoa, en Abadiñoko gaztetxea, en los teatros municipales de Igorre y de Berriz y en marzo en Lemona, Markina, Kukutza (Gaztetxe oficial de Bilbo) y La Hacería. Los de Herr Doktor los acompañan, los miman y les prestan voz, cuerpo, movimiento. Aunque, desde que montamos la obra en el Janagah, siempre he pensado que de alguna forma misteriosa son ellos, los personajes, los que nos eligen, los que nos habitan. Quiero decir, los que nos escriben, los que nos interpretan y dirigen. Recibí un e-mail y me sentí yo también un heromoso vencido.

La invasión de las carioconcias

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Julio Cortázar
Todo comenzó en Los mandamientos de Asimov. Fueron cinco o seis carioconcias. Tardé en percatarme. Pero creo que llevaban allí instaladas cierto tiempo, disfrazadas de trackbacks. Cuando las descubrí, mi primer pensamiento fue deshacerme de ellas. Pero, no sé, me dieron pena. Las vi allí tan solas, tan vulnerables, como pequeños mejillones tigre luchando por no ser arrastrados por la corriente, que decidí no tomar ninguna decisión al respecto. Al menos, de momento. Unos días después, ya se habían reproducido hasta llegar a 34. Muchas se habína clonado a sí mismas. Otras, eran recién llegadas, que habían encontrado un buen lugar -supongo- para asentarse y, posteriormente, clonarse como las primeras.

Pensé en llamar a mi admirado amigo M4rt1n, experto si no en carioconcias si en organismos similares, y pedirle algún veneno con el que acabar con ellas. Descolgué el teléfono y marqué las primeras cifras de su número…Sentí que una de las carioconcias me miraba. De repente, me di cuenta que no era una. Eran varias. Muchas. Todas. Las 34 al mismo tiempo.

Me asusté y colgué. No sé lo que vi en aquella múltiple mirada. No sabría definirlo. Algo corpóreo, pero informe, quizás viscoso. Creo que -estoy seguro que no fue una alucinación- llegué a percibir un olor salado, una especie de olor a algas, a organismo marino. Decidí no hacer nada. Quizás las carioconcias se marchasen de la misma manera repentina en que habían llegado. Lejos de ello, al poco tiempo, un nuevo grupo formado por 177 carioconcias habían anidado justo al lado de los trackbacks, en la zona de los comentarios, y un pegajoso olor a mar, a sexo, lo había invadido todo. Tenía que hacer algo. De momento, la plaga -a estas alturas no podía calificarlo de otro modo- estaba localizada en Los mandamientos de Asimov. Todavía no se había extendido al resto de la página. —¿O sí? Revisé el resto de post. Primero, de forma aleatoria -al tuntún, quiero decir-. A medida que fui descubriendo nuevos nidos, una desesperada sensación de allanamiento, de vulnerabilidad, de vejación, de violación, me fue invadiendo.

Había una colonia de 327 carioconcias en los trackbacs de mi post favorito, El tesoro (gráfico) de la Viuda Negra, 130 carioconcias apelmazadas en Janagah en JanAmérica, 128 en Me cago en Dios, Lorca eran todos y, lo que más me llamó la atención por lo paradójico, dos colonias de 358 y 214 carioconcias habían invadido, respectivamente, los tracbacks y los comentarios de La invasión de los niños mutantes. Sin duda, era la hora de llamar a M4rt1n. Él sabría lo que hacer. Ya me había dado buena muestra de su capacidad al descubrir a los Trolls de La invasión de los niños mutantes. Sólo esperaba que no fuera demasiado tarde. Descolgué el teléfono por segunda vez y por segunda vez colgué sin haber realizado la llamada. Aquel intenso hedor a algas podridas… Aquel olor… No me molestaba. No sabía por qué, pero no me detuve a buscar la respuesta. Por segunda vez, decidí no hacer nada.

Las colonias de carioconcias crecen día a día en mi espacio. Suelo echarles una mirada de vez en cuando. No las toco, aunque a veces sienta curiosidad por sentir su roce en las yemas de mis dedos. Ya no me molestan. Me he acostumbrado al hedor. Simplemente las observo. A las carioconcias. En realidad, creo que no se llaman carioconcias. O puede que sí. A lo mejor las he rebautizado, por no sé qué insondables designios del destino, con un nombre que ya existía para ellas. Quizás Cortázar ya estaba pensando en ellas cuando se inventó el sustantivo en Rayuela. Lo que es seguro es que M4rt1n podría decirme el nombre técnico de mis carioconcias. Pero prefiero no acudir a él. Por si me advierte de un eventual peligro. Me gusta observarlas, ver cómo se reproducen, detectar una nueva incorporación, seguir su clonación y la clonación de su clonación. Simplemente, están ahí. Las carioconcias.

Algo sigue su curso y la numerología

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numerologia
El próximo 13 de enero se reestrena en la Sala Janagah de Madrid mi obra Algo sigue su curso. Gabriel Salas, uno de los actores -veterano, de unos 50 años, curtido en decenas de comedias. El Woody Allen español, dice que lo ha llamado algún crítico. Creo que el de Algo sigue su curso es uno de sus pocos papeles dramáticos-, se puso esta mañana en contacto conmigo. Me encontraba en en el Café Comercial, desconectado del mundo, enfrascado en la lectura de los guiones de mis alumnos de Narrativa Cinematográfica y dudé si descolgar el móvil. Descolgué (al fin y al cabo no estaba tan desconectado) y Gaby me sorprendió diciéndome que ya no se llamaba Gabriel Salas y, por lo tanto, no quería que figurase así en la ficha artística de Algo sigue su curso. Le pregunté por qué, claro. Numerología, dijo. Guardé silencio unos segundos. Hasta ahora -continuó- no me ha ido del todo bien en la profesión y ha sido culpa de mi nombre. No me suma cuatro.
—¿No te suma qué?, dije, aunque lo oí perfectamente, pero qué iba a decir si no. Numerología -repitió-. Mi nombre tiene una conjunción planetaria muy jodida, —¿sabes?. —¿Y cómo te llamas ahora?. Gabi -con i latina- Izarra. Suma cuatro. Suma cuatro, repetí. Suma cuatro. La numerología asigna valores numéricos a las letras. Dan valor a los rasgos de personalidad y al estado de ánimo. El otro nombre tenía una… Ya -le interrumpí-. Una conjunción planetaria muy jodida. Muy jodida -repitió él-. Ya he informado al director. —¿Y qué te ha dicho?. Lo dije temiendo la respuesta. Que le dé su nombre a mi amigo numerólogo para que le averigüe. Hace un rato cambié el nombre de Gabriel Salas de la ficha técnica de Algo sigue su curso. Ahora se llama Gabi Izarra que, por lo visto, suma cuatro. Me temo que dentro de poco tendré que cambiar el nombre del director, G.G. López. El mundo del teatro es así. Tiene su base en la magia. Hasta un racionalista como yo debe respetar estas cosas. Todo sea por el éxito de la obra. Lo mismo acabo buscando yo también un nombre que me sume cuatro. O cinco. O mil quinientos, lo que haga menos jodida la conjunción planetaria.