Chamaco y la sombra del referente

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Abel Gonzalez Melo
Ayer leí de un tirón Chamaco en un café, mientras fumaba, entre sorbo y sorbo de un cortado. Hacía unos días me había encontrado en la misma mesa con Abel González Melo, el autor de la obra que tenía entre las manos, intercambiando libros y dedicatorias. Ahora devoraba Chamaco -la obra teatral por la que su autor consiguió el premio de dramaturgia de la Embajada de España en Cuba– lentamente, paladeando los churros, el asado, las papas, la pizza, las manzanas cubanas al mismo tiempo que lo hacían los personajes, hasta compartir con ellos la dificultad de masticar el precio de la comida. Una bola dentro de la garganta. Me encontraba en Malasaña, bajo el peso de la cotidianeidad occidental, observando desde una ventana del café a los héroes del Dos de Mayo, con su botella de cerveza por espada, en el centro de la plaza del mismo nombre. Como en las películas fantásticas, un giro de cámara me trasladó a ese parque de La Habana.
Allí estaba ese otro héroe. El mismo al fin y al cabo, arrojándome a la cara la metáfora, su confrontación con la gente real: los héroes cotidianos, antihéroes enfrentados al día a día hasta que la tragedia los une y, paradójicamente, los separa. Me gusta el ritmo que adquiere la historia en el discurso, la recreación de La Habana a través de los personajes, de su percepción de los espacios y de sus acciones cotidianas. No hay descripción, sino acción. Me gusta el orden que el autor le imprime a los acontecimientos que da lugar a un tiempo discursivo marcado por la acronía y que te sumerge en la atmósfera asfixiante del día a día.

La realidad como un puzzle
Me gustan cómo el lector -ese espectador virtual- va conociendo a los personajes en función de sus acciones, de su comportamiento, que los va definiendo gradualmente en la medida justa hasta la resolución final. Los diálogos y monólogos son concisos, ágiles, evocadores de la realidad de los personajes y motivadores de la acción. Son acción en sí mismo. La estructura, fragmentada (esto es algo que compartimos muchos autores contemporáneos, como si no pudiéramos abarcar la realidad en su totalidad, como si necesitáramos completar su sentido a través de ir encajando piezas) apela a buscar dentro de la elipsis, libera al espectador de su condena de receptor perpetuo y pasivo y lo hace partícipe en la construcción de sentido. También él tiene que reconstruir el puzzle.

Doble y absoluta pérdida de hijo y de amante
No obstante, son los conectores entre escenas, lo que une a los personajes en el conflicto, lo que me preocupa. El fátum que empuja a los personajes al encuentro a veces está a punto de saltar la línea que convierte el destino -la causalidad, como me matizaría posteriormente el autor- en casualidad, menos verosímil, más dura de digerir para el espectador, si bien es cierto que estos conectores están sembrados con gran naturalidad y dominio de la construcción dramática. La resolución de la historia, en cambio, marcada por ciertas leyes del género policiaco en el que se encuadra sólo en apariencia la obra, no me convence y me asalta una pregunta: —¿realmente era necesario dejarlo todo tan claro? En esta penúltima escena se impone la lógica de la conexión informativa sobre la lógica dramática. A mi modo de ver, le resta intensidad a la escena final, el monólogo del padre, tan poderoso en sí mismo en esa doble y absoluta pérdida de hijo y de amante, al fin ese reflejo especular de hijo.

La contundencia del referente
Pero esto no es lo importante. Lo importante es que viví con Kárel, con Miguel, con Silvia, con Roberta, con La Paca, con el Padre, con el Tío, con el Policía, que compartí cada una de sus palabras, que sentí, padecí y me perdí como ellos en La Habana bajo el peso de la sombra de la estatua del héroe. Esa sombra que, de algún modo, nos persigue a todos con su contundencia de inmóvil referente. Ayer la sombra estaba en Malasaña, en la Plaza del Dos de Mayo, pero creo que bajo otras formas -infinitas formas- suele acompañarme a casa. Cerré el libro, apuré el cortado, y me sentí todavía en La Habana. Una Habana de diciembre en la que, a pesar del frío, pude percibir el calor de chamaco habanero con el que Abel González Melo la siente.