De simulación y construcción en Los hermosos vencidos

Estándar

dos obreros
Un escenario vacío a ras de suelo. La actriz y los dos actores se maquillan y visten a la vista del público. No hay más iluminación que la de la estancia y más decorado que el que crean los actores con su interpretación. Una enorme pieza de hierro o acero hace las veces de máquina compresora. No es atrezzo. Es un personaje más, como me insistió Patrizia en un e-mail y que junto a Iván dirige el montaje.

La actriz que ejerce de presentadora -casi narradora que hilvana las distintas piezas que componen el espectáculo- le presta su voz al sonido de la máquina. —¿Para qué efectos pregrabados? —¿Para qué ocultar que los personajes son actores, que nada de lo que se ve es real? Los hermosos vencidos es teatro. Al contrario que el cine, que pone el acento en el reflejo fiel de la realidad, el distanciamiento es consustancial a la escena. El teatro no refleja -que diría Peter Brook-, sino que construye la realidad, exigiéndole al espectador su participación activa en esa construcción. —¿Para qué refugiarse en la simulación si se puede construir algo real sin engaño? Sin la necesidad de mantener la ilusión de verdad en el espectador. Una ilusión que lo aleja del hecho escénico, sometiéndolo a una verosimilitud impostada por realista. Esa es la clave, a mi entender, de Los hermosos vencidos, el montaje que proponen los de Herr Doktorr Fleming. He disfrutado viéndolo -en un dvd sin cortes- porque no engaña. Allí estaban La Manuela, El Obrero y el Chaval, los personajes de Dos obreros, la primera obra del Teatro Hurgente, obligados a ser valientes -en la historia y en el discurso, en el texto y la puesta en escena- siendo tan pequeños, como diría Patrizia.

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