Tránsito

Estándar

espiritudelacolmena
Llegó a Barajas con una maleta. Desde México. Lo cuenta en su obra, La pasión según el verdugo. Su voz suena lejana y ajena desde la extraescena: Abra la maleta. La voz de un policía. De eso hace siete años. Ahora, un interno, casi anciano, de hermosa barba blanca, baila desnudo dejándose mojar por la lluvia en el patio de la cárcel. Volvé dentro, Legía, le grita alguien con acento argentino desde el interior. No es orden, sino preocupación. Vas a enfermar, insiste la voz. Raúl contempla la desnudez del viejo ex legionario, la lluvia empapándole la barba, el agua chorreando por el pecho hasta desbordar cada uno de los pliegues de la piel, que se revuelve y dispara: Mi cuerpo es mío. Así me lo contó Raúl después, mientras caminábamos por las calles.
Me espera en la parada del autobús. Lo veo desde la ventanilla enfundado en su abrigo largo, aunque no hace frío. Lleva su boina híbrida, entre Che Guevara y addidas, una extraña metáfora en un cubano como él. Hacía media hora que había llegado a Guadalajara en tren. Esperé el autobús local frente a la estación. La vieja cárcel de Guadalajara quedaba en la otra punta. Desciendo del autobús y nos abrazamos. Huele a jabón o a una colonia que no sé identificar. Me he vestido para ti. Suelo ir como aquel -dice señalando a un chico en chándal-. Los funcionarios y los compañeros me miraban raro. Las puertas de la prisión quedan justo enfrente. Imagino a Raúl cruzándolas todos los días a las cinco de la tarde, deámbulando solo por las calles, observando una y otra vez el Palacio del Infantado, la estatua del Marqués de Santillana, buscando un locutorio donde conectarse a la red, comprando algunas viandas en el Liddel, hasta su inexorable regreso a las ocho. Tres horas de paseo. El tiempo que tiene un preso en su situación. El tiempo que durará mi visita. —¿Qué haces el resto del día?, le pregunto. Nada, dice, pero sé que lee y no deja de escribir.

Recorremos el centro de Guadalajara sin rumbo, deteniéndonos aquí y allá. De forma automática. Sólo para recuperar aire y seguir charlando, dejar un tema por otro y recuperarlo de nuevo tras recordarlo. Tomamos un café. Se me quedan prendidas algunas imágenes de la conversación: el traslado de Raúl desde Soto del Real a Alcalá-Meco donde lo recibió la danza del viejo legionario; sus comidas compartidas con los acusados de la trama de corrupción del Ayuntamiento de Madrid (—¿De qué hablarían? —¿Hablarían?); los rostros de los chicos que esperan ser trasladados a un centro de menores. Hermosos, inocentes y crueles, me los define; su llegada a la prisión de Guadalajara, muros, techos altos y combados, largos pasadizos, pero al menos una habitación por cada dos internos. El Victoria Kent está en el centro de Madrid, pero allí se duerme en barracones, me dice satisfecho de su suerte. Hablamos mucho de amigos comunes y de teatro. Sé esperar, dice. Me estremezco.

Raúl ha hecho un tránsito de la espera. Desde aquel día la maleta permanece abierta, vacía. La va llenando poco a poco con los años, los meses, las semanas, los días, los minutos, los segundos que recolecta de la espera. Pronto comenzará otro tránsito. El suyo. El propio. Todos estamos deseando volver a oír su voz desde el escenario. Se lo ha ganado a pulso. Nos abrazamos de nuevo al despedirnos. Apura hasta la última centésima de segundo antes de llamar al timbre. Las ocho. Las puertas de la vieja prisión se abren. Raúl entra. Tomo el autobús y luego el tren. Pienso en el viejo legionario: Volvé dentro, legía. Madrid. Estoy en casa, pero sigo en tránsito. En medio de la vía. Como Raúl. Como todos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *