La luz en la madriguera

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Hace siglos que no escribo ningún post. Entre unas cosas y otras ando inmerso -me gusta este tópico- en una nueva obra. Se titula La luz en la madriguera y lo tomé prestado de un texto periodístico de Luis María Ansón, que tuvo unas palabras muy amables para con una obra anterior mía, pese a nuestras diferencias ideológicas (tengo que acudir de nuevo al tópico que si no algunos de mis amigos dejarían de hablarme). Se refería a ciertas actitudes de Eduardo Zaplana en el PP, aunque mi texto no tiene nada que ver con él (hasta ahí llega mi escaso buen gusto) ni con el PP ni con la actualidad política.

La obra ya está bastante avanzada. Es una experiencia nueva. La estoy escribiendo para un actor concreto y en un plazo concreto. El actor me dijo más o menos: Me gustaría que me escribieras un texto con tales características. Yo te lo pago. Negué con la cabeza y oí un eco redundante en mi voz: No. No lo dije con firmeza, la verdad, aunque pueda sonar de ese modo. Me hacen falta las pelas tanto o más que a cualquier hijo de vecino. Lo dije con timidez, como avergonzándome. Y más cuando añadí: Vamos a hacer una cosa. Yo escribo lo que me apetezca y luego si te parece bien lo montas. Y en eso estamos.

Le obligué a leer el comienzo en mi casa ante la mejor mirada escrutadora que soy capaz de lanzar. Es un texto para lucirse, me dijo cuando levantó la vista del ordenador. No supe cómo tomármelo. A medida que voy concluyendo escenas se las voy enviando vía e-mail. Está entusiasmado. Supongo que porque todavía no se las ha leído si descontamos la del comienzo (o sin descontarla. No estoy seguro de que la leyera. Es actor. Lo mismo fingió). Tengo mis motivos para pensar esto. Dispongo de un segundo lector: mi chica. La prueba del nueve. Hoy, cuando ha terminado de leer la séptima escena, me ha mirado como si no me conociera. Estaba literalmente horrorizada: —¿Cómo puedes escribir esto?. En ese momento no supe si se refería a la calidad literaria del texto o a unas historias que sobrepasaban sobremanera las buenas costumbres. Le ha faltado llamarme pervertido (o quizás me lo llamó y prefiero no acordarme), por lo que me incliné por lo segundo. No sé qué hubiese sido peor para mi ego.

En fin, que ando concluyendo preso de una sensación de angustia constante. No sólo por la duda sobre la calidad literaria de la obra o el propio argumento -desasosegante, espero-, sino por las dudas que me empiezan a saltar sobre mí mismo. —¿Cómo diablos puedo escribir esto? —¿Soy un pervertido que escribe aquello que no se atreve a realizar o un mero intermediario que deja que los personajes se expresen y actúen desvinculados de su personalidad? Más me valdría haber aceptado el encargo en sus términos iniciales. Y no sólo por las pelas.

Ahora lo que me temo es que son las dos cosas. Madame Bovary soy yo, dijo aquel reconociéndose en la oscuridad. Al menos, me queda el consuelo de que al final la luz se encenderá en la madriguera.