Kafka y la erección

Estándar

KAFKA
Dejó los cafés sobre la mesa y se fue dejando un rastro que nos vimos obligados, como hipnotizados, a seguir con la mirada hasta que llegó al lugar que solía ocupar en la barra. Qué buena está, dijo mi amigo. Demasiado delgada, apostillé con una exigencia hipócrita. —¿Qué me dices?, preguntó mi amigo. Que está flaca, repetí. No -dijo-, me refiero a lo que te he propuesto. Dilaté la respuesta todo lo que pude. Encendí un cigarro. Di un sorbo al café. Tosí. No quería defraudarlo.

Me acababa de proponer una de esas ideas suyas, producto de su desbordante y desvocada creatividad. Más o menos la propuesta venía a ser esta: crear un armazón teórico-teatral que sustentase una idea de marketing sobre un nuevo concepto de espectáculo de humor con unas características muy concretas -que él resumía con los adjetivos transgresor y político- que tenía pensado desarrollar en la sala de teatro que dirigía. No lo veo -dije-. Es un contenedor con un nombre llamativo. Y eso está bien. Seguro que tiene éxito. Pero hay que saber lo que se vende para no caer en la impostura.

Me extendí explicándole cómo entendía yo la comunicación -al fin y al cabo, el periodista se muere periodista: es una maldición- aplicada al teatro con ejemplos tontos del tipo: si tienes un producto de forma esférica no puedes ofrecerlo en una caja rectangular porque el destinatario, cuando la abra, se defraudará, se sentirá engañado y ya no podrás venderle un producto de forma esférica dentro, esta vez sí, de un envoltorio redondo. Evidentemente, entendió lo que le decía. Pero no estaba de acuerdo conmigo en que su nuevo concepto de humor fuera un producto esférico envuelto en una caja rectangular. Era un producto esférico que había que meter en un envoltorio esférico y de ese envoltorio esférico tenía que ocuparme yo. Nos enfrascamos en una sucesión dialéctica de ejemplos similares. Es decir, cada vez con menos sentido, como toda sucesión dialéctica de ejemplos. En fin, que no llegamos a nada. Salvo que no iba a inventarme ningún armazón teórico-teatral para sustentar lo que consideraba un contenedor.

El marketing y la comunicación son necesarios en estos tiempos que corren. También en el teatro. Sobre todo en el teatro. Pero tengo claro que, al menos en la comunicación -el marketing aún no sé muy bien qué diablos es-, como en el teatro, debe haber una verdad detrás que la sustente, eso que parece indefinible, pero que se percibe, que trasciende más allá del enunciado de la historia. La comunicación no es mera retórica, mera persuasión, humo sin fuego, como el teatro -el verdadero teatro- no es sólo entretenimiento o espectáculo, aunque también lo sea.

Hablamos de otros proyectos hasta que acabamos con el tabaco. Luego, nos acercamos a la barra. Llamamos a la camarera, le pagamos las consumisiones, y nos quedamos un rato admirándola. Qué buena está, dijo mi amigo. Demasiado flaca, repuse. Me miró y dijo: —¿Pero a que te la tirarías?. Sonreí. Claro, contesté. Nos dimos un abrazo. Mi amigo se subió a su moto y se fue. Me quedé mirándolo mientras se alejaba. No estaba satisfecho. Esperaba no haberlo desanimado. Quizás había sido demasiado duro y rotundo llevado por ese prejuicio que tengo hacia el monólogo cómico del que sólo puedo disfrutar si lo veo fuera de un escenario. En una pantalla de televisión, por ejemplo. No sé, quizás sacralice el teatro -pensé-. Quizás éste no sea más que entretenimiento. Entonces me acordé vagamente de algo que había leído en un libro de George Steiner, una cita que Kafka escribió en una carta cuando tenía unos 20 años. Sentí la necesidad de leerla. Cuando llegué a casa, anduve revolviendo las estanterías hasta que di con el volumen de Steiner. Transcribo la cita ahora:

Si el libro -aplíquese también al teatro. Sobre todo, al teatro- que leemos no nos despierta como un puño que nos golpeara en el cráneo, —¿para qué lo leemos? —¿Para que nos haga felices? Dios mío, también seríamos felices si no tuviéramos libros, y podríamos, si fuera necesario, escribir nosotros mismos los libros que nos hicieran felices. Pero lo que debemos temer son esos libros que se precipitan sobre nosotros como la mala suerte y que nos perturban profundamente, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como el suicidio. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro.

Cerré el libro y pensé en la camarera. Qué buena que estaba, me dije. Y tuve una erección. Metafórica, por supuesto. Sólo para captar al lector ya desde el mismo título del post.