Una carta de Alfonso Sastre y el vacío atroz

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vacio atroz
Recibí un correo electrónico de Eva Sastre, que se ocupa de lleno de la editorial Hiru desde que su madre falleció. El mensaje era breve, una indicación para informarme de que me adjuntaba una carta de su padre, el maestro Alfonso Sastre. Hiru publicó en el 2005 OFF familia’s (Trilogía de Teatro Hurgente), que Alfonso me había elogiado en un fugaz encuentro que tuvimos en Madrid. En su carta, tras unas palabras de índole exclusivamente editorial, el maestro decía que le gustaría haber visto una lucecita de esperanza en la imagen de la clase obrera que proyectaba en el texto que le había enviado, Algo sigue su curso. No sólo ese vacío atroz de los personajes, mezcla de nihilismo, insensibilidad, incultura y desesperanza, concluía.
Le escribí una carta de respuesta. Tenía muchas cosas que decirle sobre ese vacío atroz, ya no sólo de los personajes de Algo sigue su curso (por ahí andamos mi amigo Carlitos McKeihan y yo mismo cuando teníamos 16 años), sino de la mayoría de los personajes de mis textos. Quería llenar la carta de contenido del tipo: —¿Quién soy yo para infundir esperanza? —¿Quién soy yo para procurar la felicidad del espectador? —¿Quién soy yo para hacer sentir bien al espectador tras la función? —¿Acaso la felicidad mueve a la acción? Jódete, puto espectador, porque mis personajes están tan jodidos como tú y si no estás jodido, jódete porque hay gente jodida y, puesto que hay gente jodida hay personajes jodidos e historias jodidas. No busques catarsis, espectador, no busques acudir a una función y salir lleno de felicidad después de que se te encoja el estómago. No busques irte a tomar unas copas, follar y luego dormir como si no hubiera pasado nada… En fin, contenidos similares que llenasen una larga y apasionada carta. Sin embargo, ésta fue breve. Hacía poco que me había reencontrado con aquella otra carta, la que escribió un Kafka veinteañero que, saltando esa membrana osmótica que separa a los sujetos de la comunicación, abandonaba su función de escritor-emisor y asumía el papel de indefenso lector-receptor. Convertí la carta del joven Kafka en mi carta y repetí una por una sus palabras. La incluí en el post anterior, pero no me resisto a incluirla también en éste:

Si el libro que leemos no nos despierta como un puño que nos golpeara en el cráneo, —¿para qué lo leemos? —¿Para que nos haga felices? Dios mío, también seríamos felices si no tuviéramos libros, y podríamos, si fuera necesario, escribir nosotros mismos los libros que nos hicieran felices. Pero lo que debemos temer son esos libros que se precipitan sobre nosotros como la mala suerte y que nos perturban profundamente, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como el suicidio. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro.

Sólo añadí la siguiente y breve postdata:

Me hablas, maestro, de la aparición de alguna luz de esperanza. Precisamente, ando concluyendo una nueva obra que se titula La luz en la madriguera. Pero me temo que tiene más de pico de hielo que de luz.

Envié la carta vía correo electrónico, como la que había recibido. No sentía que aquel hubiese sido mi mejor día. Lo mismo el maestro tenía razón. Lo mismo el teatro necesita algún resquicio por donde penetre la luz. Esa luz de esperanza que nos haga más llevadero el vacío atroz, el hielo, el metacrilato, que dice mi amigo José Luis cuando habla de sí mismo. Cerré el gmail y me fui al blog. Había un único comentario en el post más reciente, Kafka y la erección. Era de Patrizia, codirectora -junto a Iván– de la compañía vasca Herr Doktor Flemming. Con ambos comparto una sincera admiración por Alfonso Sastre y su obra. Leí su comentario. Me recordaba otra cita de Kafka y concluía diciendo:

Todo(s) lo(s) imprescindible(s) en mi vida, se empeña(n) incansable(s) en abrir pequeñas grietas en el congelado mar que llevo dentro. Tú -tu teatro, sobre todo tu teatro- tal vez, e(re)s ya una de ellas.

Me conmoví. No sé. Tal vez, sólo tal vez, Kafka tenga razón.

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