A trozos: ensayos

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A trozos
Llevamos unas cuantas sesiones de ensayo de A trozos. El texto fluye en la sala a través de la garganta y el cuerpo de Georbis Martínez. Consigue que cada personaje sea un individuo y a la vez el mismo individuo. Todos los individuos. Una metáfora. Una puta metáfora, que dice uno de ellos. Me siento un tanto extraño ocupándome de la puesta en escena, como si fuera otro. Releo algunas anotaciones de mi cuaderno: 1) Me sorprendo refiriéndome a mí mismo en tercera persona. El autor propone tal cosa -le digo a Geo-, pero creo que su intención iba por este otro camino. Antes se reía, pero ahora también habla con toda naturalidad del autor en tercera persona. A fin de cuentas él ya no está aquí. El texto parece que se ha escrito a sí mismo y que continúa escribiéndose, completándose, día a día, en la puesta en escena. 2) Leo a Piglia: Un cuento siempre cuenta dos historias. Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario. La historia secreta es la clave de la forma del cuento y de sus variantes. Creo que es, llevado al extremo, lo que plantea A trozos. 3) Una anécdota: Georbis se puso en situación con demasiada vehemencia. El final de una escena. La explosión interior de un personaje. Malestar, peso en el estómago, algún eructo. Era eso. Tenemos que matizarlo, suavizarlo, pienso. Demasiado tarde. Georbis se retuerce y vomita. Literalmente. Puedo ver los restos del desayuno en el suelo. Traigo a colación el chiste: los espectadores vomitándose unos a otros. Nos partimos de risa. Humor en la tragedia.