Algo sigue su curso y de nuevo entonces

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pink floyd algo sigue su curso
No sé. En el post anterior daba cuenta de la lectura dramatizada de Algo sigue su curso en Escenas de Noviembre. Me quedó una sensación extraña. Vacía. De impostura. De ocultamiento. Algo… es una obra que me toca. Hay cosas de uno por ahí. Mucho más que en Dos obreros, con la que temáticamente tiene mucho que ver. Mucho más que en cualquier otro de mis textos. La he releído recientemente. Y se me puso el referente a flor de piel. Imágenes entreveradas entre las líneas del texto que ni siquiera recordaba cuando hace un par de años, antes del estreno, redacté una de esas sinopsis comerciales destinada a los medios: Algo sigue su curso, título que el texto toma prestado de un diálogo de Final de partida, de Samuel Beckett, es una obra en la que música, ritmo y silencio construyen una historia protagonizada por obreros que aspiran a ser músicos y por músicos que no dejan de ser obreros. Ante la mirada derrotada de un obrero veterano, dos jóvenes, miembros de un grupo de rock y compañeros de trabajo en la misma fábrica de muebles, se enfrentan a una decisión que determinará el resto de su vida. Los personajes de Algo sigue su curso están en permanente conflicto. Conflicto interior y conflicto entre personajes que buscan una salida a una situación contra la que no saben rebelarse y que acaba devorándolos, sumergiéndolos en una cotidianeidad sentida como trágica. El ritmo de una máquina, siempre presente en el escenario, acaba invadiendo el ritmo de los diálogos, de los monólogos y de una canción recurrente que los acompaña, el Wish You Were Here de Pink Floyd (Pinchar y oír mientras se lee).

A veces, cuando la realidad se muestra con la crudeza de lo cotidiano, sólo queda la música y todo se puede explicar con una canción. El enfrentamiento entre la necesidad de elección de un futuro propio y el determinismo de una condición social impuesta toma cuerpo en este texto con tintes beckettianos en el que la música deja paso al ritmo de la palabra y de los silencios, un ritmo marcado por la máquina, metáfora de que, efectivamente, Algo sigue su curso.

En fin, hace unos días los compañeros de El Astillero me pidieron un texto de presentación para añadir al folleto de Escenas de Noviembre. No sé muy bien si era lo que querían, pero retomé algunas ideas de otros posts que había escrito y les envié esto, poniendo énfasis en el referente (Volver a oír el tema, por favor, viajamos a entonces):

“Algo sigue su curso” cuenta la historia de unos jóvenes obreros que trabajan en una fábrica de maderas. De sus sueños musicales, de sus objetivos, frente a una realidad que se les impone: la de la fábrica, la de la vida en cadena. También fuera de la fábrica. La fábrica existía hasta hace sólo unos meses en que la actual crisis se la llevó por delante: “Sola, puertas para muebles”. En ella trabajamos mi amigo Carlitos Mckeihan y yo. Tendríamos 16 ó 17 años. Estudiábamos en el turno de noche en el instituto y dedicábamos a nuestro grupo de “rock sinfónico” (es un decir) el resto del tiempo que nos quedaba libre. Ni él ni yo somos Obrero 1 y Obrero 2, aunque a veces nos quedábamos mirando las manos mutiladas de algunos compañeros veteranos y nos reíamos al ver pasar al encargado, con las manos cruzadas a la espalda, arrastrando los bajos de un raído guardapolvos azul, como un Groucho Marx acechante. Creo recordar que se llamaba Canales. También había una máquina a la que, particularmente yo, odiaba por dos cosas: hacía un ruido que te perforaba los tímpanos y te provocaba agujetas en los dedos. No era un dolor insoportable, pero sí intenso, punzante, que a veces te hacía desear no tener dedos. La música de Pink Floyd (—¿Ya terminó? Volver a oír), a quien imitábamos, nos acompañaba entonces a todas horas. También las chicas y el sexo, presente en todas las conversaciones. Nos despidieron a los tres meses cuando se nos terminó el contrato bonificado por primer empleo. Por aquella época, el padre de mi amigo, que trabajaba en otra fábrica, perdió el dedo índice de la mano derecha en una “tupi”. El grupo se vino abajo: yo vendí la guitarra, para la que en modo alguno estaba capacitado, y Carlitos McKeihan, el más talentoso del grupo, se echó novia, encontró trabajo y se puso a ahorrar para una casa. Ni Carlitos McKeihan ni yo somos Obrero 1 y Obrero 2, aunque debe haber algo de nosotros en ellos.

Hace un tiempo me sentí de nuevo aquel chico. El maestro Alfonso Sastre, que editó alguna obra mía en Hiru, leyó “Algo sigue su curso” y me escribió diciéndome, entre otras cosas de índole editorial, que le gustaría haber visto una lucecita de esperanza en la imagen de la clase obrera que proyectaba el texto, no sólo “ese vacío atroz”. Por un momento, fui aquel chico de la fábrica y, llevado por un renovado fervor adolescente, le respondí con aquella conocida cita de un también jovencísimo Kafka: “Si el libro que leemos no nos despierta como un puño que nos golpeara en el cráneo, —¿para qué lo leemos? —¿Para que nos haga felices? Dios mío, también seríamos felices si no tuviéramos libros, y podríamos, si fuera necesario, escribir nosotros mismos los libros que nos hicieran felices. Pero lo que debemos temer son esos libros que se precipitan sobre nosotros como la mala suerte y que nos perturban profundamente, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como el suicidio. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro”. Quizás ese jovencísimo chico que citaba a Kafka tenga razón y a eso aspira (es un decir) “Algo sigue su curso”. Ser un pico que golpea el hielo con el ritmo de la puntuación, de las repeticiones de palabras, del fraseo, de los monosílabos, de las elipsis y de los silencios. Una canción en el hielo.

En fin, ni Carlitos McKeihan ni yo somos Obrero 1 y Obrero 2, es evidente, aunque debe haber algo de ellos en nosotros.

Regreso de nuevo de entonces. Se acabó la canción.

Coda:
—¿Qué significa? -le pregunta Canales, el encargado, a uno de los obreros- La canción, —¿qué significa?. El obrero se encoge de hombros. —¿No sabes lo que significa?, insiste. No sé inglés, dice el chico. Tras un silencio, Canales susurra: Acaso importa lo que significa.

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