Adèle Blanc-Sec entre líneas

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Adèle. Era ella. Como una Mary Poppins refinada y feminista, fumando un Gaulois en Chamberí. Subíamos Fuencarral camino de la Plaza de Olavide. Ismael tiraba de la mano de su madre deseando llegar al parque. Yo iba a mis cosas, ejerciendo de mala pareja y de peor padre. Le daba vueltas a varios asuntos a la vez: el viaje a Cuba para presentar mi obra A trozos y su eventual financiación a través de la AECI; la gestión aún infructuosa que acababa de realizar en el Instituto Cervantes para la presentación en su sede de Moscú de la traducción rusa de OFF familia’s; las Jornadas de Cómic de la UCM, donde en unos días iba a participar en una mesa de debate. Adèle Blanc-Sec se me apareció entonces, perfilada con el trazo grueso de la plumilla de Tardi. Era Adèle la que me hablaba desde su bocadillo: —¿Por qué no te tomas un café a ver si te relajas?.
La sonrisa de Nuria. Y su voz. Comprensiva. Indulgente. Vale -dije-. Ahora me encuentro con vosotros en el parque. En realidad miraba a Adèle. Señalaba el cartel que tenía a sus pies: Entrelíneas, café-libreria. A 15 metros. Seguí la flecha del cartel hacia la calle Gonzalo de Córdoba. En el número 3 me detuve y entré. A la izquierda, un mueble-escaparate con libros. Al fondo, mesas con algunos clientes y estanterías con más libros. A la derecha una pequeña barra y detrás un tipo de gafas redondas y aspecto de francés. Pedí un cortado y, mientras esperaba, me dispuse a liar un cigarrillo. Cuando levanté la vista, allí estaba de nuevo. Adèle. Como una sombra pegada al camarero. Le di un sorbo al café. —¿Hace mucho que habéis abierto?, dije. Hacía sólo unos meses. Únicamente vendían libros de editoriales independientes (narrativa y, sobre todo, poesía). También realizaban lecturas, performances poéticas, presentaciones de libros y exposiciones. Mi pareja también es poeta -añadió-. Marta Noviembre. El tipo de gafas redondas y aspecto de francés tenía un leve acento francés. —¿Eres francés?, le pregunté. Richard era francés.

La sombra de Adèle se desplazó hacia la pared. Richard siguió mi mirada, que siguió la de Adèle hasta un dibujo enmarcado en la pared: una página de cómic. Un original. Me lo regaló un amigo dibujante -explicó Richard-. Por una traducción que le hice para mover su trabajo en editoriales francesas. Adèle. Adèle Blan-Sec entre líneas. Nos pusimos a hablar de comics. Sin solución de continuidad. Largamente. De comics franceses. Paladeándolos. Hablamos de Enki Bilal, de Moebius, de Druillet, de Pilot y de Metal Hurlant, de Las Falanges del Orden Negro, del Incal y de los Metabarones… De Tardi y de Nestor Burma y de Le cri du peuble y de Adèle Blanc-Sec. Adéle. Adèle que esbozaba una sonrisa. Adèle que, extrañamente en ella, reía abiertamente cuando llegó mi hija Marta a buscarme. Había pasado mucho tiempo.

Salí de Entrelíneas con Marta y nos dirigimos al parque. Mi hijo jugaba con su madre en los columpios. Volví la vista y Adèle ya no estaba allí.

Un comentario en “Adèle Blanc-Sec entre líneas

  1. Rodolf

    Gracias, Gustavo, por la recomendación. Un sitio con atmósfera literaria. Aunque yo no vi a Mme. Blanc-Sec, creí atisbar a John Difool por allí­ ocultándose detrás de una estanterí­a =)

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