Esquizofrenia

Estándar

alack-sinner
El maestro Romera Castillo, director Del departamento de Literatura Española de la UNED, me ha invitado a hablar del Teatro Hurgente en el seminario El Teatro Breve en los inicios del Siglo XXI (XX SEMINARIO INTERNACIONAL DEL CENTRO DE INVESTIGACIÓN DE SEMIÓTICA LITERARIA, TEATRAL Y NUEVAS TECNOLOG͍AS SELITEN@T), que él dirige y que comienza en unos días. Me ha invitado como autor. He aceptado la invitación, por supuesto, pese a que cuando recibí su llamada (caminaba por la Gran Vía con destino a la Sala Triángulo para ofrecer A trozos) apenas pude disimular la angustia que aquello me producía. Él -el otro- también estaba allí. Oyéndonos. Quizás también hablando. Me oigo. Lo oigo. Veo su sombra delante mí. También tiene el móvil en la mano. Pero no, puede que sea la mía.
Me afeito y noto su respiración. Como siempre. Lo busco en el espejo. A veces, me giro con la esperanza de encontrármelo frente a frente. No hay nadie, claro. Respira conmigo. Con mis pulmones. Se afeita conmigo y si me corto, sangramos juntos. No podría ser de otra forma. Compartimos el mismo cuerpo. Realizamos las mismas acciones cotidianas: despertarse, afeitarse, fumar, tomar café, leer, escribir, hacer el amor, buscar al niño a la salida del colegio… Toda la vida he sido consciente de su presencia y a estas alturas él es tan familiar para mí como yo para él. El ha cambiado en todos estos años. Ha sido muchos. Al menos, varios. Yo sólo he sido yo. O quizás no. Quizás he sido yo el que ha cambiado y él ha permanecido como entonces.

Lo recuerdo de niño peleando la pelota en un campo de césped, mientras yo pienso en el cómic que he dejado a medio dibujar; trabajando en una fábrica de muebles, mientras yo intento tocar una guitarra con los dedos entumecidos por culpa de su trabajo; bailando en la discoteca delante de las chicas, mientras yo le doy vueltas a un proyecto de novela disparatado en el que el dictador Franco se acuesta con las hijas de Lot; pavoneándose en la cafetería de Ciencias de la Información, mientras yo no sé qué diablos hago; acariciando a un bebé, vendiendo gafas de sol, medias, pasadores de pelo, agendas, extraños muñequitos peludos en el metro de Madrid, mientras yo me empeño en escribir malos poemas y peores cuentos; ejerciendo de periodista de sucesos, de gestor cultural, fabricando guiones para series de televisión, mientras yo escribo los mandamientos del Teatro Hurgente.

Es un recuerdo nítido, contundente, pero puede que no fuera así. Puede que todo fuera de otra manera. Puede que yo fuera el incipiente futbolista, el carpintero, el estudiante, el padre, el vendedor ambulante, el periodista, el gestor cultural. Puede que él fuera el otro. Puede que yo sea él. Que sea yo el que va cada día a impartir clases a la universidad, el que prepara una tesis doctoral, el que escribe artículos y presenta comunicaciones en congresos. Y que él sea yo. Ese yo que, si soy él, ya no soy.

Acabo de afeitarme. Pienso en la invitación de Romera Castillo mientras vuelvo a enfrascarme en la elaboración de mi intervención sobre el Teatro Hurgente. Apenas tengo un par de días para concluirla. Noto los dedos entumecidos mientras tecleo en el ordenador. Los dedos del carpintero. Quizás no sea yo quien ahora está escribiendo.

Un comentario en “Esquizofrenia

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *