El monstruo en la nieve

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encadenadas
Ahora ya estamos en Bildudalur, nuestra estancia para el mes de octubre. Cogimos una avioneta desde el Domestic Airport de Reykjavik, me dice María desde la distancia. Bildudalur es un pueblo perdido en la tierra del hielo. En él se encuentra un inquietante museo del monstruo. Son pocos los que han oído hablar de ese minúsculo pueblo islandés. Mucho menos del monstruo. Incluido yo, claro. Me voy a Bildudalur, me dijo María en esta misma mesa del Café Pepe Botella en la que ahora estoy sentado. Lo dijo como quien se va a Móstoles. Le di un sorbo al café. Bildudalur -bromeé-. Murcia. Entonces me habló del museo del monstruo que se encuentra en sus alrededores y de la beca que había consegudio su chico, Ignacio, para una estancia de investigación relacionada con su tesis sobre lo aberrante en el arte. Me estremecí. Entonces no supe muy bien porqué. Ahora creo que era natural la asociación de ideas: hielo, frío y, sobre todo, aislamiento… Enseguida vi a María covertida en uno de los personajes de Encadenadas (pájaro en supermercado), comiendo inquietantemente un yogurth con los dedos, tal y como ella misma lo había dibujado (—¿acaso dibujó entonces su incierto futuro en la tierra del monstruo?).
Sin embargo, la imagen de María no aparecía en ninguna sección del supermercado donde se desarrolla la obra, sino enclaustrada en el interior de una casa de madera, desnuda, sola y desquiciada, iluminada por la luz de una chimenea mientras fuera la nieve lo cubre todo como una amenaza. Vi la casa desde arriba, un puntito en una inmensidad helada, un pájaro negro sobrevolándola en primer término. La casita que inmortalizó Andrew Wyeth en su obra Christina”™s world. Pero acosada por un viento helado. No le dije nada de esa visión. El café humeaba aún en la taza. Me limité a desearle suerte y a manifestarle esa envidia (se supone que sana) que ante los viajes de otros tenemos los que nos hemos visto obligados a ejercer de Mallarmé, el poeta sedentario, en detrimento de Rimbau, el aventurero. Pero no pude evitar que cierta inquietud me acompañase durante toda esa tarde. La misma inquietud ha vuelto hoy. Acabo de recibir un correo electrónico donde María me da cuenta de su llegada a Islandia. Reykjavik es preciosa -me dice-. Llena de casitas pequeñas, el mar frente a nosotros, muchos árboles, monumentos a vikingos y demás. Las ventanas de las casas carecen de persiana, sólo cortinas, y en sus alféizares cantidad de objetos se agolpan a modo de altar (vimos una colección de elefantes en miniatura). En fin, una experiencia. Estoy deseando volver. Mientras leo, pienso que quizás ella, inconscientemente, comparta algo de mi visión. —¿Volver a dónde? —¿A Reykjavick? —¿A España?. Si se trata de lo último, la broma, la ironía del final del párrafo de este relato incompleto oculta la verdadera historia (estoy pensando en Piglia, claro). Tras esa descripción idílica de la capital se oculta el monstruo, me digo. Esa impresión se acreciaenta a medida que voy leyendo: Ahora ya estamos en Bildudalur, nuestra estancia para el mes de octubre. Cogimos una avioneta desde el Domestic Airport de Reykjavik (fue otra aventura encontrarlo pero como campeones nos fuimos andando porque los taxis en Islandia son más caros aún que en Madrid). Ya te dije que Bildudalur tiene 150 habitantes (yo sigo pensando que son menos). Hemos tardado 8 minutos (el tiempo de un cigarro) en recorrerlo y descubrir que a los supuestos 150 pobladores hay que sumarles 3 más: un par de cuervos negros y enormes y un ave marítima (aún no hemos descubierto la especie, aunque por aquí poco importa creo yo). Pájaros. —¡Dios!, me digo, deseando tomar un avión para alertarla, para compartir con ella mi premonición antes de que sea tarde. La anécdota del paseo -sigo leyendo, ahora devorando las palabras- ha sido un coche que ha dado como tres vueltas persiguiéndonos, imagino que intentando descubrir de dónde habíamos salido. Lo cierto es que aquí reina la paz y para escribir tesis es un sitio estupendísimo. Las montañas rodean Bildudalur y el clima es ahora incluso mejor que el que dejamos en Reykjavik. Mejor no puede ir. En este mes de aislamiento voy a intentar hacer ilustraciones digitales en pequeño formato porque en Reykjavik hay una galería que las compra para luego venderlas como souvenir, a ver si me hago algo de negocio. Bueno, ya iré informando conforme ocurran cosas (si es que por estos lares ocurre algo). Casi tiro el café de la mesa. —¿Acaso no se da cuenta? —¿Cómo no puede verlo? Las montañas, el buen clima, la paz, la tranquilidad… Pero también las señales de lo oscuro: los cuervos, el coche desconocido y, sobre todo, la ausencia de sucesos, ese comentario entre paréntesis: si es que por estos lares ocurre algo. Así comienza todo relato de terror. El monstruo, entreverado bajo las palabras, en los silencios entre ellas, agazapado entre las futuras nieves. El mismo monstruo que todos llevamos dentro. Le contesto enseguida manifestándole crudamente mi inquietud. Me detengo. Reescribo el correo. Lo disfrazo. Temo por mi amiga, pero no quiero parecerle ridículo o, lo que es peor, que piense que soy el paranoico que efectivamente soy. Me encanta tu relato de la llegada a Bildudalur, pasando por Reykjavik -le digo-. Un relato de viaje que acaba convirtiéndose en el inicio de un relato de terror: los cuervos, el coche que os seguía… Tened cuidado con los islandeses. Tanto frío, tanta oscuridad, tanto aislamiento crean la atmósfera propicia para sucesos inquietantes.Tened cuidado con vosotros mismos. Vigila a Ignacio. No le vaya a pasar como al tío de El resplandor. Vigílate tú, cariño. No te descubras otra en el reflejo de algún lago helado de esos que debe haber por allá. El monstruo de Bildudalur me acompaña cuando envío el mensaje. Ahora tiene la forma de un enorme pájaro que revolotea ciego en un supermercado. Pero podría adoptar cualquier otra. Tengo la esperanza que ella sepa leer entre líneas.

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