Gallinas decapitadas

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De vuelta a casa, Jairo camina por una calle de su barrio. Hay algo que le llama la atención en el suelo de gravilla. Se acerca y lo observa. Es una gallina decapitada, las plumas blancas manchadas de sangre. Retoma el paso y algo más adelante se encuentra con otro cuerpo emplumado y sin cabeza. Y otro más allá. La calle está toda llena de gallinas decapitadas. A lo lejos, divisa dos cuerpos humanos colgados de sendas farolas. Esa es mi vida en el DF, me dice embargado en la espuma de la cerveza que le acaba de servir el camarero del Café Pepe Botella . Jairo, coreógrafo y amigo mexicano, se volvió al DF hace unos años. Ahora anda de visita de trabajo por Madrid con una subvención de una institución cultural mexicana. —¿Cómo está Madrid?, me dice. Pues como el DF -le respondo-. Pero aquí no hay gallinas, sino personas decapitadas. Pienso en lo que unos momentos antes me ha contado Nuria. Está realizando un reportaje sobre trabajadores pobres (working poor o in-work poverty en la terminología de la Unión Europea), personas con empleo con una renta anual por debajo del umbral de la pobreza. Estos trabajadores se ven obligados a acudir a comedores sociales para poder sobrevivir.

A Nuria le ha llamado la atención uno de ellos, que trabaja doce horas durante la noche como vigilante de seguridad y cobra 500 euros. Le ha contado su historia, pero se ha negado a aparecer ante la cámara. —¿Para qué? -le ha dicho-. —¿Acaso ya no saben lo que ocurre los que tiene que saberlo?. Dentro de poco, me temo que todos seremos trabajadores pobres (o working poor en esa terminología que suena tan aséptica) y andaremos por la calle, sembrados aquí y allá como gallinas sin cabeza con los cuerpos ensangrentados.

No sé. Puede que fuese la lluvia que caía sobre el barrio, sembrándolo todo de ese gris húmedo que huele a viejo, como esta nueva España con la que nos hemos encontrado; o puede que esté todavía bajo la decepción de suspender un montaje porque una de las actrices se nos ha ido, precisamente, a México; o puede que ande de malhumor porque se me está resistiendo uno de los capítulos de la tesis; o puede que sea porque no haya terminado de corregir los últimos exámenes; o puede que sea porque la universidad se tambalea como un andamio destartalado; o puede que sea el mundo el que se tambalee. Lo cierto es que la imagen de las gallinas decapitadas de Jairo se me ha aparecido en todo lo que he visto hoy. Y lo peor es que tengo la horrible sensación que mañana estarán por todas partes cuando, recién levantado, me mire al espejo.

No sé. Puede que mañana no llueva en el barrio.