La rueda de X

Estándar

Edgar Wallace inventó y patentó un artilugio llamado rueda de argumentos de Edgar Wallace. El escritor que se quedase encallado con la trama o que tuviera la necesidad imperiosa de un giro argumental podía acudir al aparatito. Sólo tenía que girar la rueda y leer la ventanita, que podía ser: una aparición fortuita o el héroe declara su amor o cualquier otra opción similar. De este modo, el azar iba componiendo la trama.

Tengo una amiga -no voy a dar su nombre- que ha plagiado el invento de Wallace, aunque desconocía su existencia. La rueda de X -la voy a llamar así- no sirve para escribir (ella no escribe; siente: es actriz), sino para vivir. Las ventanitas no ofrecen posibilidades argumentales, sino posibilidades de actuación en la vida real. De modo que cuando mi amiga se encuentra ante un dilema (de índole sentimental o personal, rara vez profesional), hace girar su rueda y espera que el azar (X lo llama destino) le muestre el camino.

Ha reducido el número de posibilidades a catorce que -como el Asterión del cuento de Borges- es un número que ella concibe como infinito. Hace unos meses que la utiliza día sí y día no y, aparentemente, se muestra mucho más feliz que antes. Yo, envidioso, suelo burlarme de ella, recitándole el final del cuento de Borges:

—¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. —¿Será un toro o un hombre? —¿Será tal vez un toro con cara de hombre? —¿O será como yo?. El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-—¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.

Ella se ríe insensible a la broma (es feliz) y yo, avergonzado, me veo obligado a reprimir el deseo de pedirle prestada su maquinita. Todo sería más fácil entonces.

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