El tigre

Estándar

hacedor
No suelo escribir fechas en los libros que compro. Pero entonces supongo que sí las ponía. Reconozco mi letra en la primera página. Escribí: 2) Mediados de Abril del ’84. Si hay un 2) hay un 1). Busco en la estantería. No encuentro el 1), pero sí el 3). El 2) es El hacedor de Borges. Rebusco. Al fin hallo el 1). Es El Aleph de Borges, como suponía. El 3) es El informe de Brodie, obviamente, también de Borges. Todos, profesionalmente subrayados y anotados de arriba a abajo, de mediados de Abril del ’84. Entonces tenía 16 años recién cumplidos. Era un monstruito -me digo-. —¿Quién diablos lee a Borges a esa edad?.

Menos mal que no andaba solo: en La Centenaria me juntaba con Fran (José Antonio Francés) y Martín (Moreno) -éste dominaba el gíglico cortaziano-, otros monstruitos adolescentes, con quienes compartía mundos vírgenes con café con leche y, a veces, una copa de aguardiente.

Mientras escribo salta la música del viejo cassette que tengo puesto. Le digo a mi hijo de 10 años que le dé la vuelta a la cinta. Lo intenta. Pero no entiende la tecnología de entonces. Le ha dado literalmente la vuelta, colocándola cabeza abajo, y se desespera porque no funciona. Un golpe irónico del presente al pasado en forma de metáfora casual.

Ay, el tiempo es un tigre que me devora -como dice Borges-, pero yo soy el tigre.

No sé, creo que voy a seguir sin anotar la fecha en los libros.

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