Metro

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Ando leyendo a Piglia en el metro durante el trayecto a la Universidad. Ayer estaba tan enfrascado en la lectura que me pasé dos estaciones. Hoy me dejé atrás una y, a la vuelta, me la volví a dejar.

Ando ahora en el andén, esperando la llegada del convoy. He dejado de leer un rato. Temo no poder avanzar ni retroceder, permanecer indefinidamente en este ir y venir de estación en estación, atrapado aquí abajo para el resto de mis días.

Si esto fuera un -mal- cuento diría: Tengo la imprecisa sensación de estar dentro de un sueño.

Oigo la llegada del metro. Esto no es un sueño. Ni un cuento. Entonces, —¿por qué me siento como si fuera uno de esos personajes de Piglia o del mismísimo Borges?

Subo al metro. No sé si podré salir de aquí.

Entrevista socrática

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Hoy cambié la metodología de la clase. Abordábamos la entrevista como género periodístico. Les dije a los alumnos que en vez de que el profesor les expusiese el tema, iban a ser ellos los que, desde el primer momento, preguntaran. En función de las cuestiones planteadas íbamos a desarrollar el tema. Al fin y al cabo, trabajábamos sobre el arte de las preguntas y las respuestas.
Una especie de método socrático.
Se me asustaron.
Sólo se tranquilizaron cuando les prometí que luego volveríamos a la metodología habitual.
Me gustó la experiencia. Una obra de teatro con la improvisación (documentada) como base.
Ahora temo que me demanden la nueva metodología para el resto de las sesiones.

Novela

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Esta noche soñé que estaba escribiendo una novela. La clave del sentido de la historia que estaba contando se encontraba en una estructura nueva, inédita, magnífica. Tenía consciencia de que estaba en un sueño. Quise despertarme para apuntar las claves, la estructura, la historia, la novela, y lo hice. Me desperté. Pero me dio pereza levantarme a buscar cuaderno y bolígrafo y volví al sueño. Luego ya no me acordé de nada. Pero sé que era una gran novela. No me da pena. También sé que ya la escribí.

El libro -gordo- de Renzi

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En el metro. De regreso del Campus de Fuenlabrada. A mi lado, una alumna. Acabamos de salir de clase de Redacción Periodística de Primero.
– Para ser periodista hay que leer mucho, —¿no? -me dice mirando el libro -gordo- que tengo entre las manos.
Sonrío.
– Y para no serlo.
– A mí es que no me gusta leer.
Todo me resulta tan ingenuo, tan formidablemente tierno, que no puedo evitar entrar en juego.
– Porque no has descubierto el libro -le digo.
– —¿Qué libro?
Callo. Un momento. Establezco la intriga.
– El tuyo. Cada uno tiene su libro.
No me entiende.
– Tú lee -añado-. Seguro que lo encuentras. Tarde o temprano siempre se encuentra.
Levanto el libro -gordo- para mostrarle el nombre de la portada.
– El de Renzi fue La peste de Camus. Era un adolescente. Lo compró porque se lo pidió prestado una chica. Lo leyó en una noche. Y no le gustó. Pero ya no dejó de leer. Escucha.
Le leo un párrafo corto:
Oh el azar, los azahares, las muchachas en flor… Tengo setenta y tres años, viejo, y sigo ahí, sentado con un libro, a la espera…
Se levanta del asiento. Es su parada.
– La semana que viene te pregunto -le digo.
– —¿Sobre qué?
– Sobre el libro que te habrás leído.
Se echa a reír.
En ese momento pienso que no me va el papel de maestro. Me encuento más cómodo en el de colega. O en el de amante.
Se cierran las puertas del metro. Sigo leyendo el libro -gordo- de Emilio Renzi.