El libro -gordo- de Renzi

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En el metro. De regreso del Campus de Fuenlabrada. A mi lado, una alumna. Acabamos de salir de clase de Redacción Periodística de Primero.
– Para ser periodista hay que leer mucho, —¿no? -me dice mirando el libro -gordo- que tengo entre las manos.
Sonrío.
– Y para no serlo.
– A mí es que no me gusta leer.
Todo me resulta tan ingenuo, tan formidablemente tierno, que no puedo evitar entrar en juego.
– Porque no has descubierto el libro -le digo.
– —¿Qué libro?
Callo. Un momento. Establezco la intriga.
– El tuyo. Cada uno tiene su libro.
No me entiende.
– Tú lee -añado-. Seguro que lo encuentras. Tarde o temprano siempre se encuentra.
Levanto el libro -gordo- para mostrarle el nombre de la portada.
– El de Renzi fue La peste de Camus. Era un adolescente. Lo compró porque se lo pidió prestado una chica. Lo leyó en una noche. Y no le gustó. Pero ya no dejó de leer. Escucha.
Le leo un párrafo corto:
Oh el azar, los azahares, las muchachas en flor… Tengo setenta y tres años, viejo, y sigo ahí, sentado con un libro, a la espera…
Se levanta del asiento. Es su parada.
– La semana que viene te pregunto -le digo.
– —¿Sobre qué?
– Sobre el libro que te habrás leído.
Se echa a reír.
En ese momento pienso que no me va el papel de maestro. Me encuento más cómodo en el de colega. O en el de amante.
Se cierran las puertas del metro. Sigo leyendo el libro -gordo- de Emilio Renzi.

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