Despedida

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Piglia Renzi
He estado postergando la despedida de Renzi. Pero hoy, justo antes de llegar a Príncipe de Vergara, he cerrado el libro. Han sido unas cuantas semanas de viajes compartidos en el metro. “La historia continuará -me dijo-. Si no me muero antes”. Me conmovió. Renzi, el de verdad, el que vive fuera del libro, tiene ELA. Me lo descubrió Jorge Carrión en El País. “Mierda”, me dije. No me consuela que, como autor implícito, siga viviendo eternamente en esa posteridad para la que uno escribe de la que hablaba el maestro Monterroso hace años, poco antes de morirse, en Casa de América. Me gusta imaginarlo cercano, corpóreo, en Pricenton o paseando por Buenos Aires. A Renzi. No sé qué decir. Hasta la próxima estación, Renzi, amigo.

Decisión

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Me dice Renzi en el metro: Uno vive una vida de escritor porque ya lo ha decidido, pero luego los textos deben estar a la altura de esa decisión. Renzi, alos 16 años, ya tenía claro que la literatura era su destino. Toda su vida (nació en el 40, dos años antes que mi viejo) estuvo enfocada, improvisadamente, obstinadamente planificada y diseñada, hacia ese objetivo. Creo que él puede decir que sus textos están a la altura de la decisión adolescente. En fin, siempre es interesante escuchar a Renzi en el metro.

Escritor inventado

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Últimamente suelo encontrarme de nuevo con Vila-Matas. Viajamos juntos en un vagón de metro camino de la universidad. Me cuenta que, a pesar de todo (está algo cansado del éxito de aquel libro), sigue coleccionando Bartlebys. También me dice cosas como éstas, que no me resisto a consignar:
– “Todo escritor es un híbrido en el que conviven influencias de escritores reales junto a influencias de otros que son inventados”.
– Me cita a la Duras (tengo Écrire en la mochila junto a un libro suyo): “Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribéramos”.
– Y a Magris: “Escribir significa transformar la vida en pasado, o sea, envejecer”.
– A él mismo: “Puesto que la vida es un tejido continuo, una novela puede ser construida como un tapiz que se dispara en muchas direcciones: material ficcional, documental, autobiográfico, ensayístico, histórico, epistolar, libresco…”
Me habla del argumento de la novela La marcha humana de Lorenzo Garza y me entra la necesidad de hacerme con ella, aunque sospeche que se lo está inventando todo: argumento, título y autor.
A veces, por seguir en su compañía (es un gran conversador), deseo no llegar nunca a la universidad. Mecido por su palabras entro en una duermevela deliciosa y siento que soy un escritor inventado (como el inventado Pierre Menard) y viejo (como el viejo periodista Pereira) que escribe un libro de arena, inagotable, en sueños.