Cita con Pitol

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Ayer me visitó Sergio Pitol en casa. Está viejito y gordo. Me recordó a mi amigo Roberto Lázaro Ochoa, cineasta y productor, que murió hace una década a los 86 años. Pitol se sentó en la incómoda butaquita del salón y, bajo la luz del flexo, me habló mucho del gran Monsiváis, que también murió y que era su gran amigo literario y al que nunca leí. La literatura, precisamente, ocupó la mayor parte de la conversación. Él, Pitol, me dijo que se había dedicado a estudiar las poéticas de otros y que nunca había tenido tiempo de meditar sobre la suya. No me lo creí del todo a tenor de lo que me estaba contando sobre su preocupación por la forma.

Poco antes de despedirse (ya era tarde y tenía que tomar el avión rumbo a México: vive en Xalapa) me dijo algo que, en cuanto le di un abrazo agradecido y cerré la puerta, anoté precipitadamente en mi cuaderno de notas y que reproduzco, por su interés (pienso en mis alumnos de la universidad), aquí:

Otra regla, la definitiva: jamás confundir redacción con escritura. La redacción difícilmente permitirá que la palabra posea más de un sentido; para la escritura, la palabra es por naturaleza polisemántica (sic): dice y calla a la vez; revela y oculta. La redacción es confiable y previsible; la escritura nunca lo es, se goza en el delirio, en la oscuridad, en el misterio y el desorden, por más transparente que parezca.

Hacía unas semanas les explicaba a mis alumnos de Periodismo la diferencia entre el lenguaje periodístico y el lenguaje literario, entre denotación y connotación, las dimensiones del acto del lenguaje de Austin y la significación del silencio entreverado entre las palabras en la comunicación. El curso que viene, me dije, Pitol estará también en mis clases. El periodismo, ya les he dicho a mis alumnos con mi prepotencia habitual, es un oficio cortito si no se complementa con estas cosas.

Nota: Tengo que leer a Monsiváis.

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