Canario

Estándar

Lo conocíamos a mediados de los ochenta como El Canario porque había vivido en Las Palmas durante una temporada en la que su padre, un militar de alta graduación, había sido destinado allí. Tenía unos 25 años. Era un tipo guapo e inteligente. También era yonki desde la adolescencia. Solía frecuentar nuestro piso de estudiantes recién llegados a Madrid (un semisótano sombrío y oscuro). Algunas veces incluso llegó a ponerse algún pico en nuestra presencia. A mí me llamaba la atención su dentadura. Perfecta, blanca y brillante, muy distinta a las de otros colegas yonkis a los que había conocido.

Como solíamos perder las llaves, nuestra casa nunca estaba cerrada. Un día, cuando abrí la puerta, me lo encontré en el salón con una jeringuilla en la mano. Estaba junto a una pareja de desconocidos. Él era un tipo alto y delgado que tenía una aguja clavada en el brazo; ella una chica con una tripa de ocho meses que aspiraba de un papel de aluminio con una extraña pipa elaborada con los restos de un bolígrafo Bic.

Después de aquel día no volví a ver al Canario.

Muchos años después me crucé con él en el metro. Apenas lo reconocí. Tenía un aspecto deplorable de yonki en las últimas. Su dentadura, que tanto había llamado mi atención, no era más que una hilera de huecos y dientes podridos. Me contó que acababa de salir de la cárcel, a la que había ido a parar por un atraco a una farmacia con una pistola simulada. “La condena hubiera sido mayor con un arma auténtica”, me dijo. Ya no era guapo pero, pese a todo, seguía siendo inteligente. Nos dimos un fuerte abrazo de despedida.

No lo he vuelto a ver. Posiblemente ya esté muerto. O quizás no. Puede que la muerte no exista.