Supervivencia (Halfon)

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Camino por el pasillo del Edificio Departamental del Campus. Oigo al vuelo a un profesor que imparte clase en un aula de Máster (no sé de qué disciplina). Yo lo tengo muy claro -le dice a sus alumnos-. Yo no me mato ni por un partido ni por una idea porque las ideas me las han metido a mí en la cabeza. No escucho más, pero en ese instante pienso en Eduardo Halfon, que está junto a una amiga israelí a orillas del Mar Muerto. Ella en bikini, cubierta aún por escamas de sal. Él le cuenta un sueño recurrente en el que se encuentra encerrado en un avión con un secuestrador palestino. Para salvar la vida, niega una y otra vez que sea judío (aunque lo es). A ella le incomoda tanto la impostura que Halfon se ve obligado a contarle otras imposturas de judíos que salvaron la vida ante los nazis fingiendo ser otros: uno adoptó un nombre de un polaco católico y vivió con él toda su existencia, a otro sus padres lo disfrazaron de niña y lo dejaron en un convento (vivió como niña durante toda la guerra), otro asumió la identidad de un nazi y, cuando terminó la guerra y emigró a América, mantuvo el apeliido de su verdugo. Halfon, sosteniéndole la mirada a su amiga, severa, casi triste, concluye: cada persona decide cómo salvarse. Si con una doctrina fundamentalista, o con una serie de fábulas o alegorías, o con un libro de normas y prohibiciones, o con un disfraz de leñador polaco o de soldado alemán o de niña católica o de judío ortodoxo, o con una mentira cobarde y soñada en un avión. Pero eso no importa. Al final, nadie se salva. Cuando me di cuenta, ya había salido del Edifico Departamental y me encontraba frente a mis alumnos en clase.