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  <title>Gustavo Montes</title>
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  <title>Una carta de Alfonso Sastre y el vacío atroz</title>
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  <issued>2008-05-01T16:41:24-07:00</issued>
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  <author><name>Gustavo Montes</name></author>
  <dc:subject>TEATRO</dc:subject>
  <summary>Recibí un correo electrónico de Eva Sastre, que se ocupa de lleno de la editorial Hiru desde que su madre falleció. El mensaje era breve, una indicación para informarme de que me adjuntaba una carta de su padre, el maestro Alfonso Sastre. Hiru publicó en el 2005 "OFF familia's (Trilogía de Teatro Hurgente)", que Alfonso me había elogiado en un fugaz encuentro que tuvimos en Madrid. En su carta, tras unas palabras de índole exclusivamente editorial, el maestro decía que le gustaría haber visto una lucecita de esperanza en la imagen de la clase obrera que proyectaba en el texto que le había enviado, "Algo sigue su curso". "No sólo ese vacío atroz de los personajes, mezcla de nihilismo, insensibilidad, incultura y desesperanza", concluía.</summary>
  <content type="text/html" mode="escaped">&lt;img src=&quot;/images/vacio atroz.jpg&quot; alt=&quot;&quot; class=&quot;right&quot;/&gt;Recibí un correo electrónico de &lt;strong&gt;Eva Sastre,&lt;/strong&gt; que se ocupa de lleno de la editorial &lt;strong&gt;&lt;a href=&quot;http://www.hiru-ed.com/&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;Hiru&lt;/a&gt;&lt;/strong&gt; desde que su &lt;a href=&quot;http://www.sastre-forest.com/&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;madre&lt;/a&gt; falleció. El mensaje era breve, una indicación para informarme de que me adjuntaba una carta de su padre, el maestro &lt;strong&gt;&lt;a href=&quot;http://www.sastre-forest.com/&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;Alfonso Sastre&lt;/a&gt;&lt;/strong&gt;. Hiru publicó en el 2005 &lt;strong&gt;&lt;a href=&quot;http://www.hiru-ed.com/COLECCIONES/BREVESKENE/offfamilias.htm&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;&quot;OFF familia's (Trilogía de Teatro Hurgente)&lt;/a&gt;&lt;/strong&gt;&quot;, que Alfonso me había elogiado en un fugaz encuentro que tuvimos en Madrid. En su carta, tras unas palabras de índole exclusivamente editorial, el maestro decía que le gustaría haber visto una lucecita de esperanza en la imagen de la clase obrera que proyectaba en el texto que le había enviado, &lt;strong&gt;&lt;a href=&quot;http://gustavo.ekiry.com/index.php2006/09/17/42-algo-sigue-su-curso&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;&quot;Algo sigue su curso&quot;&lt;/a&gt;&lt;/strong&gt;. &quot;No sólo ese vacío atroz de los personajes, mezcla de nihilismo, insensibilidad, incultura y desesperanza&quot;, concluía.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;
Le escribí una carta de respuesta. Tenía muchas cosas que decirle sobre ese &quot;vacío atroz&quot;, ya no sólo de los personajes de &lt;strong&gt;&quot;Algo sigue su curso&quot;&lt;/strong&gt; (por ahí andamos mi amigo &lt;strong&gt;Carlitos McKeihan&lt;/strong&gt; y yo mismo cuando teníamos 16 años), sino de la mayoría de los personajes de mis textos. Quería llenar la carta de contenido del tipo: &lt;strong&gt;¿Quién soy yo para infundir esperanza? ¿Quién soy yo para procurar la felicidad del espectador? ¿Quién soy yo para hacer sentir bien al espectador tras la función? ¿Acaso la felicidad mueve a la acción? Jódete, puto espectador, porque mis personajes están tan jodidos como tú y si no estás jodido, jódete porque hay gente jodida y, puesto que hay gente jodida hay personajes jodidos e historias jodidas. No busques catarsis, espectador, no busques acudir a una función y salir lleno de felicidad después de que se te encoja el estómago.  No busques irte a tomar unas copas, follar y luego dormir como si no hubiera pasado nada...&lt;/strong&gt; En fin, contenidos similares que llenasen una larga y apasionada carta. Sin embargo, ésta fue breve. Hacía poco que me había reencontrado con aquella otra carta, la que escribió un &lt;strong&gt;Kafka&lt;/strong&gt; veinteañero que, saltando esa membrana osmótica que separa a los sujetos de la comunicación, abandonaba su función de escritor-emisor y asumía el papel de indefenso lector-receptor. Convertí la carta del joven &lt;strong&gt;Kafka&lt;/strong&gt; en mi carta y repetí una por una sus palabras. La incluí en el &lt;a href=&quot;http://gustavo.ekiry.com/index.php2008/04/28/63-kafka-y-la-ereccion&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;post anterior&lt;/a&gt;, pero no me resisto a incluirla también en éste:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;em&gt;&quot;Si el libro que leemos no nos despierta como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices? Dios mío, también seríamos felices si no tuviéramos libros, y podríamos, si fuera necesario, escribir nosotros mismos los libros que nos hicieran felices. Pero lo que debemos temer son esos libros que se precipitan sobre nosotros como la mala suerte y que nos perturban profundamente, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como el suicidio. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro&quot;&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Sólo añadí la siguiente y breve postdata:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;em&gt;&quot;Me hablas, maestro, de la aparición de alguna luz de esperanza. Precisamente, ando concluyendo una nueva obra que se titula &lt;strong&gt;&lt;a href=&quot;http://gustavo.ekiry.com/index.php2008/03/31/62-la-luz-en-la-madriguera&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;&quot;La luz en la madriguera&quot;&lt;/a&gt;&lt;/strong&gt;. Pero me temo que tiene más de pico de hielo que de luz&quot;.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Envié la carta vía correo electrónico, como la que había recibido. No sentía que aquel hubiese sido mi mejor día. Lo mismo el maestro tenía razón. Lo mismo el teatro necesita algún resquicio por donde penetre la luz. Esa luz de esperanza que nos haga más llevadero el vacío atroz, el hielo, el metacrilato, que dice mi amigo &lt;strong&gt;José Luis&lt;/strong&gt; cuando habla de sí mismo. Cerré el gmail y me fui al blog. Había un único comentario en el post más reciente, &lt;a href=&quot;http://gustavo.ekiry.com/index.php2008/04/28/63-kafka-y-la-ereccion&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;&quot;Kafka y la erección&quot;&lt;/a&gt;. Era de &lt;strong&gt;Patrizia&lt;/strong&gt;, codirectora -junto a &lt;strong&gt;Iván&lt;/strong&gt;- de la compañía vasca &lt;strong&gt;Herr Doktor Flemming&lt;/strong&gt;. Con ambos comparto una &lt;a href=&quot;http://gustavo.ekiry.com/index.php2007/02/07/50-alfonso-sastre&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;sincera admiración por Alfonso Sastre&lt;/a&gt; y su obra. Leí su comentario. Me recordaba otra cita de Kafka y concluía diciendo:&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;em&gt;&quot;Todo(s) lo(s) imprescindible(s) en mi vida, se empeña(n) incansable(s) en abrir pequeñas grietas en el congelado mar que llevo dentro. Tú -tu teatro, sobre todo tu teatro- tal vez, e(re)s ya una de ellas&quot;.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Me conmoví. No sé. Tal vez, sólo tal vez, Kafka tenga razón.</content>
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  <title>Kafka y la erección</title>
  <link rel="alternate" type="text/html" href="http://gustavo.ekiry.com/index.php2008/04/28/63-kafka-y-la-ereccion" />
  <issued>2008-04-28T20:20:54-07:00</issued>
  <modified>2008-04-28T20:20:54-07:00</modified>
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  <author><name>Gustavo Montes</name></author>
  <dc:subject>TEATRO</dc:subject>
  <summary>Dejó los cafés sobre la mesa y se fue dejando un rastro que nos vimos obligados, como hipnotizados, a seguir con la mirada hasta que llegó al lugar que solía ocupar en la barra. "Qué buena está", dijo mi amigo. "Demasiado delgada", apostillé con una exigencia hipócrita. "¿Qué me dices?", preguntó mi amigo. "Que está flaca", repetí. "No -dijo-, me refiero a lo que te he propuesto". Dilaté la respuesta todo lo que pude. Encendí un cigarro. Di un sorbo al café. Tosí. No quería defraudarlo.</summary>
  <content type="text/html" mode="escaped">&lt;img src=&quot;/images/KAFKA.jpg&quot; alt=&quot;&quot; class=&quot;left&quot;/&gt;Dejó los cafés sobre la mesa y se fue dejando un rastro que nos vimos obligados, como hipnotizados, a seguir con la mirada hasta que llegó al lugar que solía ocupar en la barra. &quot;Qué buena está&quot;, dijo mi amigo. &quot;Demasiado delgada&quot;, apostillé con una exigencia hipócrita. &quot;¿Qué me dices?&quot;, preguntó mi amigo. &quot;Que está flaca&quot;, repetí. &quot;No -dijo-, me refiero a lo que te he propuesto&quot;. Dilaté la respuesta todo lo que pude. Encendí un cigarro. Di un sorbo al café. Tosí. No quería defraudarlo. &lt;br /&gt;
Me acababa de proponer una de esas ideas suyas, producto de su desbordante y desvocada creatividad. Más o menos la propuesta venía a ser esta: crear un armazón teórico-teatral que sustentase una idea de marketing sobre un &quot;nuevo&quot; concepto de espectáculo de humor con unas características muy concretas -que él resumía con los adjetivos &quot;transgresor&quot; y &quot;político&quot;- que tenía pensado desarrollar en la sala de teatro que dirigía. &quot;No lo veo -dije-. Es un contenedor con un nombre llamativo. Y eso está bien. Seguro que tiene éxito. Pero hay que saber lo que se vende para no caer en la impostura&quot;. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;

Me extendí  explicándole cómo entendía yo la comunicación -al fin y al cabo, el periodista se muere periodista: es una maldición- aplicada al teatro con ejemplos tontos del tipo: si tienes un producto de forma esférica no puedes ofrecerlo en una caja rectangular porque el destinatario, cuando la abra, se defraudará, se sentirá engañado y ya no podrás venderle un producto de forma esférica dentro, esta vez sí, de un envoltorio redondo. Evidentemente, entendió lo que le decía. Pero no estaba de acuerdo conmigo en que su &quot;nuevo concepto de humor&quot; fuera un producto esférico envuelto en una caja rectangular. Era un producto esférico que había que meter en un envoltorio esférico y de ese envoltorio esférico tenía que ocuparme yo. Nos enfrascamos en una sucesión dialéctica de ejemplos similares. Es decir, cada vez con menos sentido, como toda sucesión dialéctica de ejemplos. En fin, que no llegamos a nada. Salvo que no iba a inventarme ningún armazón teórico-teatral para sustentar lo que consideraba un contenedor. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
El marketing y la comunicación son necesarios en estos tiempos que corren. También en el teatro. Sobre todo en el teatro. Pero tengo claro que, al menos en la comunicación -el marketing aún no sé muy bien qué diablos es-, como en el teatro, debe haber una verdad detrás que la sustente, eso que parece indefinible, pero que se percibe, que trasciende más allá del enunciado de la historia. La comunicación no es mera retórica, mera persuasión, humo sin fuego, como el teatro -el verdadero teatro- no es sólo entretenimiento o espectáculo, aunque también lo sea. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Hablamos de otros proyectos hasta que acabamos con el tabaco. Luego, nos acercamos a la barra. Llamamos a la camarera, le pagamos las consumisiones, y nos quedamos un rato admirándola. &quot;Qué buena está&quot;, dijo mi amigo. &quot;Demasiado flaca&quot;, repuse. Me miró y dijo: &quot;¿Pero a que te la tirarías?&quot;. Sonreí. &quot;Claro&quot;, contesté. Nos dimos un abrazo. Mi amigo se subió a su moto y se fue. Me quedé mirándolo mientras se alejaba. No estaba satisfecho. Esperaba no haberlo desanimado. Quizás había sido demasiado duro y rotundo llevado por ese prejuicio que tengo hacia el monólogo cómico del que sólo puedo disfrutar si lo veo fuera de un escenario. En una pantalla de televisión, por ejemplo. &quot;No sé, quizás sacralice el teatro -pensé-. Quizás éste no sea más que entretenimiento&quot;. Entonces me acordé vagamente de algo que había leído en un libro de &lt;strong&gt;George Steiner&lt;/strong&gt;, una cita que &lt;strong&gt;Kafka&lt;/strong&gt; escribió en una carta cuando tenía unos 20 años. Sentí la necesidad de leerla. Cuando llegué a casa, anduve revolviendo las estanterías hasta que di con el volumen de Steiner. Transcribo la cita ahora:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;


&lt;em&gt;&quot;Si el libro&lt;/em&gt; -aplíquese también al teatro. Sobre todo, al teatro- &lt;em&gt;que leemos no nos despierta como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices? Dios mío, también seríamos felices si no tuviéramos libros, y podríamos, si fuera necesario, escribir nosotros mismos los libros que nos hicieran felices. Pero lo que debemos temer son esos libros que se precipitan sobre nosotros como la mala suerte y que nos perturban profundamente, como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como el suicidio. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro&quot;&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;


Cerré el libro y pensé en la camarera. &quot;Qué buena que estaba&quot;, me dije. Y tuve una erección. Metafórica, por supuesto. Sólo para captar al lector ya desde el mismo título del post.</content>
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  <title>La luz en la madriguera</title>
  <link rel="alternate" type="text/html" href="http://gustavo.ekiry.com/index.php2008/03/31/62-la-luz-en-la-madriguera" />
  <issued>2008-03-31T19:44:43-07:00</issued>
  <modified>2008-03-31T19:44:43-07:00</modified>
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  <author><name>Gustavo Montes</name></author>
  <dc:subject>TEATRO</dc:subject>
  <summary>Hace siglos que no escribo ningún post. Entre unas cosas y otras ando inmerso -me gusta este tópico- en una nueva obra. Se titula "La luz en la madriguera" y lo tomé prestado de un texto periodístico de Luis María Ansón, que tuvo unas palabras muy amables para con una obra anterior mía, pese a nuestras diferencias ideológicas (tengo que acudir de nuevo al tópico que si no algunos de mis amigos dejarían de hablarme). Se refería a ciertas actitudes de Eduardo Zaplana en el PP, aunque mi texto no tiene nada que ver con él (hasta ahí llega mi escaso buen gusto) ni con el PP ni con la actualidad política.</summary>
  <content type="text/html" mode="escaped">&lt;img src=&quot;/images/luz.jpg&quot; alt=&quot;&quot; class=&quot;right&quot;/&gt;Hace siglos que no escribo ningún post. Entre unas cosas y otras ando inmerso -me gusta este tópico- en una nueva obra. Se titula &lt;strong&gt;&quot;La luz en la madriguera&quot;&lt;/strong&gt; y lo tomé prestado de un texto periodístico de &lt;strong&gt;Luis María Ansón&lt;/strong&gt;, que tuvo unas palabras muy amables para con una obra anterior mía, pese a nuestras diferencias ideológicas (tengo que acudir de nuevo al tópico que si no algunos de mis amigos dejarían de hablarme). Se refería a ciertas actitudes de &lt;strong&gt;Eduardo Zaplana&lt;/strong&gt; en el PP, aunque mi texto no tiene nada que ver con él (hasta ahí llega mi escaso buen gusto) ni con el PP ni con la actualidad política. &lt;br /&gt;
La obra ya está bastante avanzada. Es una experiencia nueva. La estoy escribiendo para un actor concreto y en un plazo concreto. El actor me dijo más o menos: &quot;Me gustaría que me escribieras un texto con tales características. Yo te lo pago&quot;. Negué con la cabeza y oí un eco redundante en mi voz: &quot;No&quot;. No lo dije con firmeza, la verdad, aunque pueda sonar de ese modo. Me hacen falta las pelas tanto o más que a cualquier hijo de vecino. Lo dije con timidez, como avergonzándome. Y más cuando añadí: &quot;Vamos a hacer una cosa. Yo escribo lo que me apetezca y luego si te parece bien lo montas&quot;. Y en eso estamos. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Le obligué a leer el comienzo en mi casa ante la mejor mirada escrutadora que soy capaz de lanzar. &quot;Es un texto para lucirse&quot;, me dijo cuando levantó la vista del ordenador. No supe cómo tomármelo. A medida que voy concluyendo escenas se las voy enviando vía e-mail. Está entusiasmado. Supongo que porque todavía no se las ha leído si descontamos la del comienzo (o sin descontarla. No estoy seguro de que la leyera. Es actor. Lo mismo fingió). Tengo mis motivos para pensar esto. Dispongo de un segundo lector: mi chica. La prueba del nueve. Hoy, cuando ha terminado de leer la séptima escena, me ha mirado como si no me conociera. Estaba literalmente horrorizada: &quot;¿Cómo puedes escribir esto?&quot;. En ese momento no supe si se refería a la calidad literaria del texto o a unas historias que sobrepasaban sobremanera las buenas costumbres. Le ha faltado llamarme pervertido (o quizás me lo llamó y prefiero no acordarme), por lo que me incliné por lo segundo. No sé qué hubiese sido peor para mi ego. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En fin, que ando concluyendo preso de una sensación de angustia constante. No sólo por la duda sobre la calidad literaria de la obra o el propio argumento -desasosegante, espero-, sino por las dudas que me empiezan a saltar sobre mí mismo. ¿Cómo diablos puedo escribir esto? ¿Soy un pervertido que escribe aquello que no se atreve a realizar o un mero intermediario que deja que los personajes se expresen y actúen desvinculados de su personalidad? Más me valdría haber aceptado el encargo en sus términos iniciales. Y no sólo por las pelas. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Ahora lo que me temo es que son las dos cosas. &lt;strong&gt;&quot;Madame Bovary soy yo&quot;&lt;/strong&gt;, dijo aquel reconociéndose en la oscuridad. Al menos, me queda el consuelo de que al final la luz se encenderá en la madriguera.</content>
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  <title>Tránsito</title>
  <link rel="alternate" type="text/html" href="http://gustavo.ekiry.com/index.php2008/01/30/61-transito" />
  <issued>2008-01-30T19:02:08-08:00</issued>
  <modified>2008-01-30T19:02:08-08:00</modified>
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  <author><name>Gustavo Montes</name></author>
  <dc:subject>TEATRO</dc:subject>
  <summary>Llegó a Barajas con una maleta. Desde México. Lo cuenta en su obra, "La pasión según el verdugo". Su voz suena lejana y ajena desde la extraescena: "Abra la maleta". La voz de un policía. De eso hace siete años. Ahora, un interno, casi anciano, de hermosa barba blanca, baila desnudo dejándose mojar por la lluvia en el patio de la cárcel. "Volvé dentro, Legía", le grita alguien con acento argentino desde el interior. No es orden, sino preocupación. "Vas a enfermar", insiste la voz. Raúl contempla la desnudez del viejo ex legionario, la lluvia empapándole la barba, el agua chorreando por el pecho hasta desbordar cada uno de los pliegues de la piel, que se revuelve y dispara: "Mi cuerpo es mío". Así me lo contó Raúl después, mientras caminábamos por las calles. </summary>
  <content type="text/html" mode="escaped">&lt;img src=&quot;/images/espiritudelacolmena.jpg&quot; alt=&quot;&quot; class=&quot;left&quot;/&gt;Llegó a Barajas con una maleta. Desde México. Lo cuenta en su obra, &quot;La pasión según el verdugo&quot;. Su voz suena lejana y ajena desde la extraescena: &quot;Abra la maleta&quot;. La voz de un policía. De eso hace siete años. Ahora, un interno, casi anciano, de hermosa barba blanca, baila desnudo dejándose mojar por la lluvia en el patio de la cárcel. &quot;Volvé dentro, Legía&quot;, le grita alguien con acento argentino desde el interior. No es orden, sino preocupación. &quot;Vas a enfermar&quot;, insiste la voz. Raúl contempla la desnudez del viejo ex legionario, la lluvia empapándole la barba, el agua chorreando por el pecho hasta desbordar cada uno de los pliegues de la piel, que se revuelve y dispara: &quot;Mi cuerpo es mío&quot;. Así me lo contó Raúl después, mientras caminábamos por las calles. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt; Me espera en la parada del autobús. Lo veo desde la ventanilla enfundado en su abrigo largo, aunque no hace frío. Lleva su boina híbrida, entre Che Guevara y addidas, una extraña metáfora en un cubano como él. Hacía media hora que había llegado a Guadalajara en tren. Esperé el autobús local frente a la estación. La vieja cárcel de Guadalajara quedaba en la otra punta. Desciendo del autobús y nos abrazamos. Huele a jabón o a una colonia que no sé identificar. &quot;Me he vestido para ti. Suelo ir como aquel -dice señalando a un chico en chándal-. Los funcionarios y los compañeros me miraban raro&quot;. Las puertas de la prisión quedan justo enfrente. Imagino a Raúl cruzándolas todos los días a las cinco de la tarde, deámbulando solo por las calles, observando una y otra vez el Palacio del Infantado, la estatua del Marqués de Santillana, buscando un locutorio donde conectarse a la red, comprando algunas viandas en el Liddel, hasta su inexorable regreso a las ocho. Tres horas de paseo. El tiempo que tiene un preso en su situación. El tiempo que durará mi visita. &quot;¿Qué haces el resto del día?&quot;, le pregunto. &quot;Nada&quot;, dice, pero sé que lee y no deja de escribir. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;

Recorremos el centro de Guadalajara sin rumbo, deteniéndonos aquí y allá. De forma automática. Sólo para recuperar aire y seguir charlando, dejar un tema por otro y recuperarlo de nuevo tras recordarlo. Tomamos un café. Se me quedan prendidas algunas imágenes de la conversación: el traslado de Raúl desde Soto del Real a Alcalá-Meco donde lo recibió la danza del viejo legionario; sus comidas compartidas con los acusados de la trama de corrupción del Ayuntamiento de Madrid (¿De qué hablarían? ¿Hablarían?); los rostros de los chicos que esperan ser trasladados a un centro de menores. &quot;Hermosos, inocentes y crueles&quot;, me los define; su llegada a la prisión de Guadalajara, muros, techos altos y combados, largos pasadizos, pero al menos una habitación por cada dos internos. &quot;El Victoria Kent está en el centro de Madrid, pero allí se duerme en barracones&quot;, me dice satisfecho de su suerte. Hablamos mucho de amigos comunes y de teatro. &quot;Sé esperar&quot;, dice. Me estremezco.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;Raúl ha hecho un tránsito de la espera. Desde aquel día la maleta permanece abierta, vacía. La va llenando poco a poco con los años, los meses, las semanas, los días, los minutos, los segundos que recolecta de la espera. Pronto comenzará otro tránsito. El suyo. El propio. Todos estamos deseando volver a oír su voz desde el escenario. Se lo ha ganado a pulso.

Nos abrazamos de nuevo al despedirnos. Apura hasta la última centésima de segundo antes de llamar al timbre. Las ocho. Las puertas de la vieja prisión se abren. Raúl entra. Tomo el autobús y luego el tren. Pienso en el viejo legionario: &quot;Volvé dentro, legía&quot;. Madrid. Estoy en casa, pero sigo en tránsito. En medio de la vía. Como Raúl. Como todos.</content>
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  <title>De simulación y construcción en "Los hermosos vencidos"</title>
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  <issued>2008-01-04T19:02:42-08:00</issued>
  <modified>2008-01-04T19:02:42-08:00</modified>
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  <author><name>Gustavo Montes</name></author>
  <dc:subject>TEATRO</dc:subject>
  <summary>Un escenario vacío a ras de suelo. La actriz y los dos actores se maquillan y visten a la vista del público. No hay más iluminación que la de la estancia y más decorado que el que crean los actores con su interpretación. Una enorme pieza de hierro o acero hace las veces de máquina compresora. No es atrezzo. Es un personaje más, como me insistió Patrizia en un e-mail y que junto a Iván dirige el montaje.</summary>
  <content type="text/html" mode="escaped">&lt;img src=&quot;/images/dos obreros.jpg&quot; alt=&quot;&quot; class=&quot;right&quot;/&gt;Un escenario vacío a ras de suelo. La actriz y los dos actores se maquillan y visten a la vista del público. No hay más iluminación que la de la estancia y más decorado que el que crean los actores con su interpretación. Una enorme pieza de hierro o acero hace las veces de máquina compresora. No es atrezzo. Es un personaje más, como me insistió &lt;strong&gt;Patrizia&lt;/strong&gt; en un e-mail y que junto a &lt;strong&gt;Iván&lt;/strong&gt; dirige el montaje. &lt;br /&gt;
La actriz que ejerce de presentadora -casi narradora que hilvana las distintas piezas que componen el espectáculo- le presta su voz al sonido de la máquina. ¿Para qué efectos pregrabados? ¿Para qué ocultar que los personajes son actores, que nada de lo que se ve es real? &lt;a href=&quot;http://gustavo.ekiry.com/index.php2007/01/28/49-los-hermosos-vencidos&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;&quot;Los hermosos vencidos&quot;&lt;/a&gt; es teatro. Al contrario que el cine, que pone el acento en el reflejo fiel de la realidad, el distanciamiento es consustancial a la escena. El teatro no refleja -que diría &lt;strong&gt;Peter Brook&lt;/strong&gt;-, sino que construye la realidad, exigiéndole al espectador su participación activa en esa construcción. ¿Para qué refugiarse en la simulación si se puede construir algo real sin engaño? Sin la necesidad de mantener la ilusión de verdad en el espectador. Una ilusión que lo aleja del hecho escénico, sometiéndolo a una verosimilitud impostada por realista. Esa es la clave, a mi entender, de &lt;a href=&quot;http://gustavo.ekiry.com/index.php2007/01/28/49-los-hermosos-vencidos&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;&quot;Los hermosos vencidos&quot;&lt;/a&gt;, el montaje que proponen los de &lt;strong&gt;Herr Doktorr Fleming&lt;/strong&gt;. He disfrutado viéndolo -en un dvd sin cortes- porque no engaña. Allí estaban &lt;strong&gt;La Manuela, El Obrero y el Chaval&lt;/strong&gt;, los personajes de &lt;a href=&quot;http://www.hiru-ed.com/COLECCIONES/BREVESKENE/offfamilias.htm&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;&quot;Dos obreros&quot;, la primera obra del Teatro Hurgente&lt;/a&gt;, obligados a ser valientes -en la historia y en el discurso, en el texto y la puesta en escena- siendo tan pequeños, como diría &lt;strong&gt;Patrizia&lt;/strong&gt;.</content>
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  <title>De Goya a Goya y fragmentos de entonces</title>
  <link rel="alternate" type="text/html" href="http://gustavo.ekiry.com/index.php2008/01/03/59-de-goya-a-goya" />
  <issued>2008-01-03T11:18:51-08:00</issued>
  <modified>2008-01-03T11:18:51-08:00</modified>
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  <author><name>Gustavo Montes</name></author>
  <dc:subject>CINE</dc:subject>
  <summary> Hace ya demasiado tiempo. Un juvenil Antonio de 19 años -por aquel entonces aspiraba a ser el nuevo José María García, a quien imitaba constantemente sin venir a cuento- entró en el sótano que compartíamos Martín, José Luis y yo. Las paredes del salón, donde dormía José Luis, estaban forradas con fotos explícitas recortadas de las revistas pornográficas a las que nuestro compañero era adicto por aquella época. El ambiente húmedo y sombrío, los muebles viejos y destartalados y aquellas figuras en asombrosas posturas sexuales le daban a la estancia un aspecto sórdido y cuanto menos inquietante.</summary>
  <content type="text/html" mode="escaped">&lt;img src=&quot;/images/antonio de la torre.jpg&quot; alt=&quot;&quot; class=&quot;left&quot;/&gt;&lt;img src=&quot;/images/alberto san juan.jpg&quot; alt=&quot;&quot; class=&quot;left&quot;/&gt; Hace ya demasiado tiempo. Un juvenil Antonio de 19 años -por aquel entonces aspiraba a ser el nuevo José María García, a quien imitaba constantemente sin venir a cuento- entró en el sótano que compartíamos Martín, José Luis y yo. Las paredes del salón, donde dormía José Luis, estaban forradas con fotos explícitas recortadas de las revistas pornográficas a las que nuestro compañero era adicto por aquella época. El ambiente húmedo y sombrío, los muebles viejos y destartalados y aquellas figuras en asombrosas posturas sexuales le daban a la estancia un aspecto sórdido y cuanto menos inquietante. Antonio tuvo que pasar la noche durmiendo en la misma cama que Martín. Suele contar que no pegó ojo, aterrado por la sensación de que de un momento a otro aquellos tres alcalareños iban a saltar sobre él para abusar de su inocencia. Tiendo a imaginarlo envuelto en sudor, apretado a la almohada, llamándonos abrazafarolas y chupópteros -nunca mejor aplicado- con la voz de José María García.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;
Andábamos vagueando por la Plaza de Colón. Mónica, Mamen, Mariola, Nuria, Martín, José Luis y yo esperábamos a Alberto, que había quedado con un tal Coque, un amigo suyo que tenía un grupo de rock desconocido llamado &lt;strong&gt;Los Ronaldos&lt;/strong&gt; que recién había firmado con una multinacional. Cuando llegaron a Martín se le ocurrió que fuésemos a comer a un chino, pero nadie tenía pelas. &quot;Éste sí&quot;, añadió Martín señalando al pobre José Luis, que vivía -y vivíamos- de un dinero que había ahorrado dedicándose a la venta ambulante. Me jodió tanto el morro de Martín que le propuse a José Luis y a Nuria que nos fugáramos justo en la puerta del restaurante. El resto se quedó a comer -creo que no se cortaron un pelo- confiando el fin de la broma a nuestro eventual regreso. No hubo tal y a la hora de afrontar la cuenta algunos se vieron obligados a quedarse en prenda ante la mirada inquisitiva de un camarero chino -y nadie puede siquiera imaginar cómo debe doler esto- mientras las chicas iban a casa en busca de sus cerditos. Tengo la impresión de que nunca nos perdonaron por aquello.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Antonio y Alberto siempre andaban juntos. Eran casi como siameses. Antonio, haciendo gala de su don natural para la imitación, a veces remedaba el caracterísitco modo de hablar de Alberto, marcado entonces por un sutil ceceo. Lo imitó con tanta perfección y tanto que terminó hablando como él, de modo que era casi imposible distinguir a uno del otro si no los tenías delante. Más que siameses parecían la misma persona. Por ello no me sorprendió cuando años más tarde ambos al mismo tiempo aparcaron el periodismo y se matricularon en una conocida escuela de teatro. Un día descubrí a Antonio en la tele, interpretando a &lt;strong&gt;Pelopincho&lt;/strong&gt; en la serie &lt;em&gt;&lt;strong&gt;Lleno por favor&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt; junto a Alfredo Landa, y a Alberto en las páginas de cultura de un periódico entre los integrantes de la compañía &lt;strong&gt;Ración de oreja&lt;/strong&gt; que estrenaba la obra &lt;em&gt;&lt;strong&gt;Animalario&lt;/strong&gt;.&lt;/em&gt; Luego los seguí viendo en el cine y en el teatro. Los vi juntos en &lt;em&gt;&lt;strong&gt;El fin de los sueños&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;, la obra que escribió y dirigió Alberto en la que también participó Antonio, en el &lt;em&gt;Alfil,&lt;/em&gt; cerca de mi casa. &lt;em&gt;&lt;strong&gt;El fin de los sueños&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt; fue el principio de la realidad, del presente.&lt;br /&gt;

&lt;br /&gt;
Era de noche. Martín, Antonio y yo caminábamos por mi calle. No recuerdo muy bien si veníamos o íbamos. Antonio andaba un tanto nervioso por su posible nominación a los Goya. No lo tenía muy claro, pese a que todo el mundo hablaba maravillas de su trabajo en &lt;em&gt;&lt;strong&gt;Azuloscurocasinegro&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;. Hacía unos días, en un comentario en el blog de Martín, yo mismo se lo había vaticinado. &quot;Es más -le dije aquella noche, absolutamente convencido de mis recién descubiertas dotes adivinatorias- no sólo te van a nominar, sino que lo vas a ganar&quot;. Antonio me sonrió. &quot;No sé, no sé&quot;, respondió mencionando después una lista de actores a los que él atribuía más posibilidades. Unos meses después, viendo la gala de los Goya por televisión, pude permitirme decir: &quot;Yo ya lo sabía&quot;. Antonio le dedicó el Goya a su familia y a &lt;strong&gt;Alberto San Juan&lt;/strong&gt;, por haberle enseñado el camino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;

Nuria y yo acabábamos de ver &lt;em&gt;&lt;strong&gt;Bajo las estrellas&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt; en los &lt;em&gt;Cines Princesa&lt;/em&gt;. &quot;Te has dado cuenta -le dije en plan pedante- que la película de Alberto y &lt;em&gt;&lt;strong&gt;Azuloscurocasinegro&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt; cuentan cada una a su manera la misma historia&quot;. Nuria me pilló al vuelo. &quot;La historia de Alberto y de Antonio&quot;, respondió. &quot;La historia de dos hermanos&quot;, añadí. En ese momento supe que Alberto iba a cambiar la trompeta de su personaje por el busto de Goya. Incluso adiviné parte de su discurso en la ceremonia: &quot;...a &lt;strong&gt;Antonio de la Torre&lt;/strong&gt;, con quien compartí el camino&quot;.</content>
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  <title>Chamaco y la sombra del referente</title>
  <link rel="alternate" type="text/html" href="http://gustavo.ekiry.com/index.php2007/11/12/58-chamaco-y-la-sombra-del-referente" />
  <issued>2007-11-12T12:47:27-08:00</issued>
  <modified>2007-11-12T12:47:27-08:00</modified>
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  <author><name>Gustavo Montes</name></author>
  <dc:subject>TEATRO</dc:subject>
  <summary>Ayer leí de un tirón Chamaco en un café, mientras fumaba, entre sorbo y sorbo de un cortado. Hacía unos días me había encontrado en la misma mesa con Abel González Melo, el autor de la obra que tenía entre las manos, intercambiando libros y dedicatorias. Ahora devoraba Chamaco -la obra teatral por la que su autor consiguió el premio de dramaturgia de la Embajada de España en Cuba- lentamente, paladeando los churros, el asado, las papas, la pizza, las manzanas cubanas al mismo tiempo que lo hacían los personajes, hasta compartir con ellos la dificultad de masticar el precio de la comida. Una bola dentro de la garganta. Me encontraba en Malasaña, bajo el peso de la cotidianeidad occidental, observando desde una ventana del café a los héroes del Dos de Mayo, con su botella de cerveza por espada, en el centro de la plaza del mismo nombre. Como en las películas fantásticas, un giro de cámara me trasladó a ese parque de La Habana. </summary>
  <content type="text/html" mode="escaped">&lt;img src=&quot;/images/Abel Gonzalez Melo.jpg&quot; alt=&quot;&quot; class=&quot;right&quot;/&gt;Ayer leí de un tirón &lt;em&gt;&lt;a href=&quot;http://www.naque.es/ED/ED1.htm&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;Chamaco&lt;/a&gt;&lt;/em&gt; en un &lt;a href=&quot;http://pepebotella.com/&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;café&lt;/a&gt;, mientras fumaba, entre sorbo y sorbo de un cortado. Hacía unos días me había encontrado en la misma mesa con &lt;strong&gt;&lt;a href=&quot;http://www.cniae.cult.cu/Abel_Gonzalez_Melo.htm&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;Abel González Melo&lt;/a&gt;&lt;/strong&gt;, el autor de la obra que tenía entre las manos, intercambiando libros y dedicatorias. Ahora devoraba &lt;em&gt;Chamaco&lt;/em&gt; -la obra teatral por la que su autor consiguió el premio de dramaturgia de la &lt;strong&gt;&lt;a href=&quot;http://www.conpapeles.com/Embajada-de-Espana-en-Cuba-m50e74.htm&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;Embajada de España en Cuba&lt;/a&gt;&lt;/strong&gt;- lentamente, paladeando los churros, el asado, las papas, la pizza, las manzanas cubanas al mismo tiempo que lo hacían los personajes, hasta compartir con ellos la dificultad de masticar el precio de la comida. Una bola dentro de la garganta. Me encontraba en &lt;strong&gt;Malasaña&lt;/strong&gt;, bajo el peso de la cotidianeidad occidental, observando desde una ventana del café a los &lt;a href=&quot;http://www.tercerainformacion.es/3i/IMG/jpg/1-45.jpg&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;héroes del Dos de Mayo&lt;/a&gt;, con su botella de cerveza por espada, en el centro de la plaza del mismo nombre. Como en las películas fantásticas, un giro de cámara me trasladó a ese &lt;a href=&quot;http://blog.pucp.edu.pe/media/57/20060507-217ParqueCentral1.JPG&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;parque de &lt;strong&gt;La Habana&lt;/strong&gt;.&lt;/a&gt; &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;
Allí estaba ese otro &lt;a href=&quot;http://www.juanperez.com/cuba/vistas/apostol.jpg&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;héroe&lt;/a&gt;. El mismo al fin y al cabo, arrojándome a la cara la metáfora, su confrontación con la gente real: los héroes cotidianos, antihéroes enfrentados al día a día hasta que la tragedia los une y, paradójicamente, los separa. Me gusta el ritmo que adquiere la historia en el discurso, la recreación de La Habana a través de los personajes, de su percepción de los espacios y de sus acciones cotidianas. No hay descripción, sino acción. Me gusta el orden que el autor le imprime a los acontecimientos que da lugar a un tiempo discursivo marcado por la acronía y que te sumerge en la atmósfera asfixiante del día a día. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;

&lt;strong&gt;La realidad como un puzzle&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;
Me gustan cómo el lector -ese espectador virtual- va conociendo a los personajes en función de sus acciones, de su comportamiento, que los va definiendo gradualmente en la medida justa hasta la resolución final. Los diálogos y monólogos son concisos, ágiles, evocadores de la realidad de los personajes y motivadores de la acción. Son acción en sí mismo. La estructura, fragmentada (esto es algo que compartimos muchos autores contemporáneos, como si no pudiéramos abarcar la realidad en su totalidad, como si necesitáramos completar su sentido a través de ir encajando piezas) apela a buscar dentro de la elipsis, libera al espectador de su condena de receptor perpetuo y pasivo y lo hace partícipe en la construcción de sentido. También él tiene que reconstruir el puzzle. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;

&lt;strong&gt;Doble y absoluta pérdida de hijo y de amante&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;
No obstante, son los conectores entre escenas, lo que une a los personajes en el conflicto, lo que me preocupa. El fátum que empuja a los personajes al encuentro a veces está a punto de saltar la línea que convierte el destino -la causalidad, como me matizaría posteriormente el autor- en casualidad, menos verosímil, más dura de digerir para el espectador, si bien es cierto que estos conectores están sembrados con gran naturalidad y dominio de la construcción dramática. La resolución de la historia, en cambio, marcada por ciertas leyes del género policiaco en el que se encuadra sólo en apariencia la obra, no me convence y me asalta una pregunta: ¿realmente era necesario dejarlo todo tan claro? En esta penúltima escena se impone la lógica de la conexión informativa sobre la lógica dramática. A mi modo de ver, le resta intensidad a la escena final, el monólogo del padre, tan poderoso en sí mismo en esa doble y absoluta pérdida de hijo y de amante, al fin ese reflejo especular de hijo. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;

&lt;strong&gt;La contundencia del referente&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;
Pero esto no es lo importante. Lo importante es que viví con &lt;a href=&quot;http://www.cniae.cult.cu/Chamaco_ArgosTeatro.htm&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;Kárel, con Miguel, con Silvia, con Roberta, con La Paca, con el Padre, con el Tío, con el Policía&lt;/a&gt;, que compartí cada una de sus palabras, que sentí, padecí y me perdí como ellos en &lt;strong&gt;La Habana&lt;/strong&gt; bajo el peso de la sombra de la estatua del héroe. Esa sombra que, de algún modo, nos persigue a todos con su contundencia de inmóvil referente. Ayer la sombra estaba en &lt;strong&gt;Malasaña&lt;/strong&gt;, en la Plaza del Dos de Mayo, pero creo que bajo otras formas -infinitas formas- suele acompañarme a casa. Cerré el libro, apuré el cortado, y me sentí todavía en &lt;strong&gt;La Habana&lt;/strong&gt;. Una &lt;strong&gt;Habana&lt;/strong&gt; de diciembre en la que, a pesar del frío, pude percibir el calor de chamaco habanero con el que &lt;strong&gt;Abel González Melo&lt;/strong&gt; la siente.</content>
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  <title>Raúl Alfonso y el teatro del condenado</title>
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  <issued>2007-10-29T19:47:07-07:00</issued>
  <modified>2007-10-29T19:47:07-07:00</modified>
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  <author><name>Gustavo Montes</name></author>
  <dc:subject>TEATRO</dc:subject>
  <summary>Imaginé a Raúl Alfonso en su celda, ante el espejo, intentando descubrirse, reconocerse en los pliegues de la piel, en la barba poblada, pensándose ya en el escenario. Acabo de enviar una nota de prensa sobre él a los compañeros de Cultura de distintos medios. Parece que a la mayoría les ha interesado. El actor, director y profesor Raúl Alfonso lleva años cumpliendo una larga condena en la prisión de Soto del Real. El viernes 2 de noviembre a eso de las 21.30 horas, aprovechando un breve permiso carcelario, estrena La pasión según el verdugo en la Sala Janagah (Plaza de Arteijo, 14, Metro Barrio del Pilar). La obra está basada en textos del premio Nobel sueco Pär Lagerkvist. Raúl Alfonso tiene una larga trayectoria teatral en Cuba. Ha realizado puestas en escena basadas en textos de Peter Weiss, Slawomir Mrozek, Abilio Estévez, Joel Cano... y sus obras han visitado México, Estados Unidos y Suiza. Yo lo vi ante el espejo</summary>
  <content type="text/html" mode="escaped">&lt;img src=&quot;/images/raul Alfonso_verdugo 2.jpg&quot; alt=&quot;&quot; class=&quot;left&quot;/&gt;Imaginé a &lt;strong&gt;Raúl Alfonso&lt;/strong&gt; en su celda, ante el espejo, intentando descubrirse, reconocerse en los pliegues de la piel, en la barba poblada, pensándose ya en el escenario. Acabo de enviar una nota de prensa sobre él a los compañeros de Cultura de distintos medios. Parece que a la mayoría les ha interesado. El actor, director y profesor &lt;strong&gt;Raúl Alfonso&lt;/strong&gt; lleva años cumpliendo una larga condena en la prisión de &lt;strong&gt;Soto del Real&lt;/strong&gt;. El viernes 2 de noviembre a eso de las 21.30 horas, aprovechando un breve permiso carcelario, estrena &lt;em&gt;La pasión según el verdugo&lt;/em&gt; en la &lt;a href=&quot;http://www.janagahteatro.com/&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;Sala Janagah (Plaza de Arteijo, 14, Metro Barrio del Pilar).&lt;/a&gt; La obra está basada en textos del premio Nobel sueco &lt;a href=&quot;http://es.wikipedia.org/wiki/P%C3%A4r_Fabien_Lagerkvist&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;Pär Lagerkvist&lt;/a&gt;. Raúl Alfonso tiene una larga trayectoria teatral en Cuba. Ha realizado puestas en escena basadas en textos de &lt;a href=&quot;http://es.wikipedia.org/wiki/Peter_Weiss&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;Peter Weiss&lt;/a&gt;, &lt;a href=&quot;http://es.wikipedia.org/wiki/S%C5%82awomir_Mro%C5%BCek&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;Slawomir Mrozek&lt;/a&gt;, &lt;a href=&quot;http://es.wikipedia.org/wiki/Literatura_Cubana&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;Abilio Estévez&lt;/a&gt;, &lt;a href=&quot;http://www.tiramillas.net/libros/resenas/resenas021211/cano.htm&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;Joel Cano&lt;/a&gt;... y sus obras han visitado México, Estados Unidos y Suiza. Yo lo vi ante el espejo &lt;br /&gt;

En la nota de prensa que escribí hablaba de dos &lt;em&gt;Raúles&lt;/em&gt; en el mismo cuerpo, el preso y el hombre de teatro. Sin embargo, ahora reflexiono sobre las palabras que me dijo sobre su montaje, y que hacía referencia a su situación, y creo que me equivoqué. “A la sombra de la cárcel, luego de revolcarme en la culpa, la propia y la ajena -me dijo-, recuperé esta historia de mesías enloquecidos, verdugos enamorados y un Dios decrépito que se caga y se mea y al que sólo visita un barquero de dudosa catadura moral, para aferrarme a él con la tenacidad de la que sólo es capaz un condenado.  He intentado atrapar la desesperación de los seres más allá de sus crímenes y también las aspiraciones de redención, aunque para muchos criminales la redención no existe; es una utopía inalcanzable”. Sólo hay un &lt;strong&gt;Raúl Alfonso&lt;/strong&gt;, el hombre de teatro que también me dijo: “Vale la pena intentar contar esta historia, compartir la experiencia humana -mi experiencia- desde el teatro, el único mundo en el que ya no encuentro ataduras y que me pertenece por derecho propio&quot;.</content>
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  <title>Soy un blogger, luego existo, aunque no sé...</title>
  <link rel="alternate" type="text/html" href="http://gustavo.ekiry.com/index.php2007/10/12/56-soy-un-blogger-luego-existo-aunque-no-se" />
  <issued>2007-10-12T13:58:11-07:00</issued>
  <modified>2007-10-12T13:58:11-07:00</modified>
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  <author><name>Gustavo Montes</name></author>
  <dc:subject>TEATRO</dc:subject>
  <summary>El otro día creí ver el cadáver de un conejito blanco junto al ordenador. Fue durante un instante fugaz, casi imperceptible. Entonces supe que mi amigo Martín había dejado de existir. Lo vi el otro día, con su chica. Comimos en su casa. Pero ya entonces había dejado de existir. Yo no lo sabía aún. Tampoco sabía que yo mismo había seguido sus pasos. Ya no existía. Charlamos. Degustamos sabrosos platos brasileños. Mi hijo de tres años construía pieza a pieza mundos imposibles en el sofá. De vez en cuando llamaba nuestra atención. Tampoco él sabía que papá no existía.</summary>
  <content type="text/html" mode="escaped">&lt;img src=&quot;/images/alicia.jpg&quot; alt=&quot;&quot; class=&quot;right&quot;/&gt;El otro día creí ver el cadáver de un conejito blanco junto al ordenador. Fue durante un instante fugaz, casi imperceptible. Entonces supe que mi amigo Martín había dejado de existir. Lo vi el otro día, con su chica. Comimos en su casa. Pero ya entonces había dejado de existir. Yo no lo sabía aún. Tampoco sabía que yo mismo había seguido sus pasos. Ya no existía. Charlamos. Degustamos sabrosos platos brasileños. Mi hijo de tres años construía pieza a pieza mundos imposibles en el sofá. De vez en cuando llamaba nuestra atención. Tampoco él sabía que papá no existía. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;

Gracias a un e-mail del &lt;a href=&quot;http://gustavo.ekiry.com/index.php2007/01/28/49-los-hermosos-vencidos&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;Herr Doktor Fleming Iván&lt;/a&gt; comencé a percibirlo. O mejor dicho: a no percibirlo, puesto que ¿cómo se percibe lo que no existe?. Primero anduve confuso. Me invadió una sensación de realidad duplicada, especular, tan borgiana y tan de cómic: poseía una doble existencia. Una en el mundo real percibido y otra en una especie de mundo paralelo tan real y percibido como el primero pero sin existencia corpórea. &quot;¿Pasa algo? ¿Hace tiempo que no actualizas el blog?&quot;, me decía &lt;a href=&quot;http://gustavo.ekiry.com/index.php2007/01/28/49-los-hermosos-vencidos&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;Herr Doktor Iván&lt;/a&gt; en su e-mail. Eso mismo me había preguntado yo sobre el abandonado blog de &lt;a href=&quot;http://m4rt1n.com/&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;M4rt1&lt;/a&gt;n mientras, por otra parte, asistía al nacimiento de las innumerables páginas web del director &lt;a href=&quot;http://www.conservatoriogglopez.com/&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;GG López&lt;/a&gt; y el blog de la actriz &lt;a href=&quot;http://www.ruthsucunza.blogspot.com/&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;Ruth Sucunza&lt;/a&gt;. Le respondí que tenía razón, que había estado &quot;muy liado&quot;: desconexión por vacaciones y luego, en septiembre, toda el maremágnum académico de mis clases en la universidad. Sin embargo, tras el enunciado se encontraba, creo, el siguiente subtexto, el verdadero significado:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;

 &quot;¿Existes todavía?&quot; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;

Tiendo a pensar que no se refería al blogger como instancia enunciadora, sino a esa otra instancia con cara, cuerpo, sentimientos y existencia en el mundo real, identificando ambas, superponiendo, privilegiando la primera sobre la segunda, como si mi imagen reflejada en un eventual espejo hubiera succionado mis fluidos y mis células epidérmidas y adquirido absoluta corporeidad. Él existía, yo no. Quizás yo no había existido nunca. Quizás tuve la impresión de existir porque de alguna manera me reconocía en él como reconocía ciertos rasgos de Martín en &lt;a href=&quot;http://m4rt1n.com/&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;M4rt1n&lt;/a&gt;. Si su blogg ya no se actualizaba, si el fluir discursivo de mi blog se había detenido, nuestra existencia estaba en entredicho. Quizás fuimos, pero ya no éramos. Nuestras direcciones web sólo eran las infinitesimales partículas de un cadáver en la cuneta del tiempo. Pensé en &lt;a href=&quot;http://www.conservatoriogglopez.com/&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;GG López&lt;/a&gt; y &lt;a href=&quot;http://www.ruthsucunza.blogspot.com/&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;Ruth Sucunza&lt;/a&gt;. Antes no existían, pese a que tenía evidencias de la corporeidad de ambos. Ahora han venido a ocupar un lugar en este espacio que también es tiempo. Ahora existen, puesto que existen sus reflejos. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;

No sé... &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;

Quizás este post se torne conejito blanco resucitado y me devuelva al espejo y consiga encontrame con Alicia para tomar el té en casa de &lt;a href=&quot;http://m4rt1n.com/&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;M4rt1n&lt;/a&gt; mientras mi hijo construye de nuevo mundos imposibles en el sofá.</content>
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  <title>ICONOGRAFÍA DEL CONTACTO</title>
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  <issued>2007-06-06T11:50:40-07:00</issued>
  <modified>2007-06-06T11:50:40-07:00</modified>
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  <author><name>Gustavo Montes</name></author>
  <dc:subject>TEATRO</dc:subject>
  <summary>Conozco a Gustavo porque un día nuestros caminos se cruzaron en la red. Leyó un post en este mismo blog sobre el kick boxing (Kick Boxing, teatro de la verdad) y se puso en contacto conmigo. Hablamos de Kick, de boxeo, de teatro... con la libertad que permite un e-mail. Desde entonces no sólo lo considero un amigo, sino que admiro su trabajo. Percursionista, teatrero y, sobre todo, pintor, Gustavo Reyes ha expuesto recientemente su obra pictórica en su Granada natal bajo el título "Iconografía del contacto". </summary>
  <content type="text/html" mode="escaped">&lt;img src=&quot;/images/Gustavo reyes0.jpg&quot; alt=&quot;&quot; class=&quot;baseline&quot;/&gt;Conozco a &lt;strong&gt;Gustavo&lt;/strong&gt; porque un día nuestros caminos se cruzaron en la red. Leyó un post en este mismo blog sobre el kick boxing (&lt;a href=&quot;http://gustavo.ekiry.com/index.php2006/07/17/32-kik-boxing-teatro-de-la-verdad&quot; hreflang=&quot;es&quot;&gt;Kick Boxing, teatro de la verdad&lt;/a&gt;) y se puso en contacto conmigo. Hablamos de Kick, de boxeo, de teatro... con la libertad que permite un e-mail. Desde entonces no sólo lo considero un amigo, sino que admiro su trabajo. Percursionista, teatrero y, sobre todo, pintor, &lt;strong&gt;Gustavo Reyes&lt;/strong&gt; ha expuesto recientemente su obra pictórica en su Granada natal bajo el título &lt;strong&gt;&quot;Iconografía del contacto&quot;&lt;/strong&gt;. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;
En sus cuadros contacto quiere decir combate. Quiere decir conflicto. Quiere decir instante. Quiere decir vida, porque -no descubro nada- ¿qué es la vida sino una sucesión de instantes? Apenas quieres agarrarla y ya se ha ido, dejando un nuevo instante que inicia la próxima huída. Las pinceladas expresionistas de &lt;strong&gt;Gustavo Reyes&lt;/strong&gt; son capaces de recoger esos instantes de pura vida y fijarlos más allá de la materialidad del propio soporte: un aquí y ahora en permanente conflicto con el espectador. Lindo trabajo el de Gustavo. Él mismo escribe en el catálago de la exposición: &lt;em&gt;&quot;Capturar una personalidad en guardia, reflejar una intención, confiar un directo, expresarlo en un retrato, forma parte del combate&quot;&lt;/em&gt;. Combate quiere decir vida. Quiere decir instante. Quiere decir contacto. &lt;em&gt;&quot;El que se pone en guardia se descubre&lt;/em&gt; -afirma-&lt;em&gt;, no hay dos individuos que se muestren igual ante el combate&quot;&lt;/em&gt;. Lo dicho. Pura vida. Sólo hay que observar.</content>
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