La dirección de actores

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la noche
Son muñecos, dice Ochoa. Leo un libro sobre cine y lo veo. Estaba como antes de caer enfermo, en la barra del Bar Ferrero, con su tercer whisky en la mano y completamente lúcido. Como antes de que le estallasen los pulmones en el ascensor de su vivienda. Ochoa cuando era Ochoa. Un tipo grande y enhiesto de 84 años, con sus perennes gafas de sol y su guayabera resplandeciente. Gustavo, hombre -repite-, los actores son muñecos. Yo busqué a un director de muñecos para dirigir mi película. Hablábamos de las cinco películas que había producido y que también había fotografiado, como tantas del cine español de los sesenta y setenta. Ochoa le da otro sorbo corto a su vaso y el señor que está sentado en la otra punta de la barra levanta el suyo tímidamente y brinda dándole la razón. Debe tener la misma edad que Ochoa. Lo ignoramos y seguimos a lo nuestro. Creo que el actor propone, crea, construye -le digo a Ochoa-. Quizás en el cine su nivel de participación se diluya, pero…. Ochoa me interrumpe. No soporto a los viejos que se meten en las conversaciones, me dice y levanta su vaso hacia el señor de la esquina y brinda con una sonrisa. El tipo lo toma como un gesto de bienvenida y se acerca. Así es Ochoa. Un provocador.

El hombre saluda y se sienta entre Ochoa y yo. Tiene acento italiano. Para mí un actor no ha de comprender -dice-. Si fuera cierto que un actor ha de comprender, entonces el mejor actor sería el actor más inteligente, lo que no es cierto. Lo dice con cierto temor. Está claro que es uno de esos tímidos contundentes. Tienes usted toda la razón, amigo, lo anima Ochoa. Sólo entonces el anciano prosigue: Cuanto más se esfuerza un actor en comprender el significado de una escena o más trata de profundizar en una frase determinada, en una secuencia o en la propia película, más obstáculos pone entre su propia espontaneidad natural y la realización de aquellas escenas. Ochoa enseña su vieja y resplandeciente dentadura postiza en una sonrisa. Lo que yo decía -murmura-: muñecos. Del tímido no queda nada. Ahora apostilla: Aparte de que al hacer esto se convierte, de algún modo, en director de sí mismo. Y esto es más un inconveniente que una ventaja. El tipo paga la ronda y se despide con un ciao. Bebemos en silencio. —¿Has visto La noche, con Mónica Vitti y Jeanne Moreau?, me pregunta de sopetón Ochoa. Sí, le miento. Es el tipo que la dirigió, me ilustra antes de pedir otra copa. Bebemos. —¿De verdad crees que son muñecos? -balbuceo (no aguanto bien el alcohol)-. Yo incluso les hablo a los actores del modelo actancial.

Ferrero viene del fondo de la barra con el cortado que le he pedido. —¿Qué lees?, dice. Un libro de Michelangelo Antonioni, le digo. Ah, dice. Un director de cine italiano de la época de Ochoa, añado. Ochoa es la única referencia cinematográfica de Ferrero. —¿Te acuerdas cuando Ochoa se estampó contra esa cristalera y se abrió la cabeza? -me dice- Qué cabrón el negro. Cómo tragaba.

De Goya a Goya y fragmentos de entonces

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antonio de la torre
alberto san juan
Hace ya demasiado tiempo. Un juvenil Antonio de 19 años -por aquel entonces aspiraba a ser el nuevo José María García, a quien imitaba constantemente sin venir a cuento- entró en el sótano que compartíamos Martín, José Luis y yo. Las paredes del salón, donde dormía José Luis, estaban forradas con fotos explícitas recortadas de las revistas pornográficas a las que nuestro compañero era adicto por aquella época. El ambiente húmedo y sombrío, los muebles viejos y destartalados y aquellas figuras en asombrosas posturas sexuales le daban a la estancia un aspecto sórdido y cuanto menos inquietante.
Antonio tuvo que pasar la noche durmiendo en la misma cama que Martín. Suele contar que no pegó ojo, aterrado por la sensación de que de un momento a otro aquellos tres alcalareños iban a saltar sobre él para abusar de su inocencia. Tiendo a imaginarlo envuelto en sudor, apretado a la almohada, llamándonos abrazafarolas y chupópteros -nunca mejor aplicado- con la voz de José María García.

Andábamos vagueando por la Plaza de Colón. Mónica, Mamen, Mariola, Nuria, Martín, José Luis y yo esperábamos a Alberto, que había quedado con un tal Coque, un amigo suyo que tenía un grupo de rock desconocido llamado Los Ronaldos que recién había firmado con una multinacional. Cuando llegaron a Martín se le ocurrió que fuésemos a comer a un chino, pero nadie tenía pelas. Éste sí, añadió Martín señalando al pobre José Luis, que vivía -y vivíamos- de un dinero que había ahorrado dedicándose a la venta ambulante. Me jodió tanto el morro de Martín que le propuse a José Luis y a Nuria que nos fugáramos justo en la puerta del restaurante. El resto se quedó a comer -creo que no se cortaron un pelo- confiando el fin de la broma a nuestro eventual regreso. No hubo tal y a la hora de afrontar la cuenta algunos se vieron obligados a quedarse en prenda ante la mirada inquisitiva de un camarero chino -y nadie puede siquiera imaginar cómo debe doler esto- mientras las chicas iban a casa en busca de sus cerditos. Tengo la impresión de que nunca nos perdonaron por aquello.

Antonio y Alberto siempre andaban juntos. Eran casi como siameses. Antonio, haciendo gala de su don natural para la imitación, a veces remedaba el caracterísitco modo de hablar de Alberto, marcado entonces por un sutil ceceo. Lo imitó con tanta perfección y tanto que terminó hablando como él, de modo que era casi imposible distinguir a uno del otro si no los tenías delante. Más que siameses parecían la misma persona. Por ello no me sorprendió cuando años más tarde ambos al mismo tiempo aparcaron el periodismo y se matricularon en una conocida escuela de teatro. Un día descubrí a Antonio en la tele, interpretando a Pelopincho en la serie Lleno por favor junto a Alfredo Landa, y a Alberto en las páginas de cultura de un periódico entre los integrantes de la compañía Ración de oreja que estrenaba la obra Animalario. Luego los seguí viendo en el cine y en el teatro. Los vi juntos en El fin de los sueños, la obra que escribió y dirigió Alberto en la que también participó Antonio, en el Alfil, cerca de mi casa. El fin de los sueños fue el principio de la realidad, del presente.

Era de noche. Martín, Antonio y yo caminábamos por mi calle. No recuerdo muy bien si veníamos o íbamos. Antonio andaba un tanto nervioso por su posible nominación a los Goya. No lo tenía muy claro, pese a que todo el mundo hablaba maravillas de su trabajo en Azuloscurocasinegro. Hacía unos días, en un comentario en el blog de Martín, yo mismo se lo había vaticinado. Es más -le dije aquella noche, absolutamente convencido de mis recién descubiertas dotes adivinatorias- no sólo te van a nominar, sino que lo vas a ganar. Antonio me sonrió. No sé, no sé, respondió mencionando después una lista de actores a los que él atribuía más posibilidades. Unos meses después, viendo la gala de los Goya por televisión, pude permitirme decir: Yo ya lo sabía. Antonio le dedicó el Goya a su familia y a Alberto San Juan, por haberle enseñado el camino.

Nuria y yo acabábamos de ver Bajo las estrellas en los Cines Princesa. Te has dado cuenta -le dije en plan pedante- que la película de Alberto y Azuloscurocasinegro cuentan cada una a su manera la misma historia. Nuria me pilló al vuelo. La historia de Alberto y de Antonio, respondió. La historia de dos hermanos, añadí. En ese momento supe que Alberto iba a cambiar la trompeta de su personaje por el busto de Goya. Incluso adiviné parte de su discurso en la ceremonia: …a Antonio de la Torre, con quien compartí el camino.

La invasión de los niños mutantes

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niños-mutantes
Aparto la mirada del ordenador y siento deseos de gritar. Cierro los ojos e imagino sus caras inocentes. Apenas son proyectos de hombres y mujeres. Reconozco en mí esa sensación que nunca me ha gustado: una mezcla de miedo y pena. Estoy preocupado. Por dos cosas que, en cierta manera, son la misma. Mi blog ha sido invadido por niños y adolescentes que quieren dedicarse al showbiz y que me demandan y suplican consejos e inexistentes oportunidades para -exclusivamente- convertirse en famosos. Ando preocupado por lo del blog: yo no quería un blog-consultorio-elenafrancis. Pero ando aún más jodido al comprobar esta necesidad de los chicos y, sobre todo, las chicas por hacerse famosos. No por ser actor o actriz (un vicio como otro cualquiera), sino por ser famoso, por salir en la tele. Ni siquiera en series de ficción, —¡sino en anuncios publicitarios!

Sólo hay que echarle un vistazo a los comentarios que dejan en el post Casting para asaltar la tele para que a uno se le pongan los pelos de punta. —¿Qué mierda de mundo es este en el que los sueños de los chicos y chicas se reducen a esto? Hasta ahora he borrado de sus comentarios los e-mails y los teléfonos móviles (esto de internet tiene sus peligros y en la red parece que también acechan hombres del saco) y he intentado disuadirlos de que siguieran escribiendo. Primero con comentarios paternales del tipo hay que formarse y tal y después poniéndome seco y antipático. Pero, en ambos casos, sin llegar al fondo del asunto: no me atrevo a darle consejos a nadie para que elimine sus sueños por muy aberrantes que me parezcan. En el futuro creo que directamente los eliminaré. Los comentarios, digo. Supongo que no lo he hecho aún por una insana curiosidad sociológica que no puedo evitar. Sin embargo, debemos hacer algo para enfrentarnos a la invasión o todos terminaremos devorados por ellos, como en El pueblo de los malditos (fotos), como en —¿Quién puede matar a un niño?.

Roberto Ochoa, director de fotografía

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Ochoa
Ahora que estamos a punto de estrenar En Negro en el Janagah, me he acordado de ULISES, el último estreno de Teatro Hurgente que tuvimos en la sala. Fue el año pasado por estas fechas. Me acordé de Ulises e inmediatamente me acordé de Roberto Lázaro Ochoa, el amigo que me prestó su historia para darle vida al personaje. El Ulises que da título a la obra es en parte un anciano músico cubano que se extravió por las calles de Madrid durante una gira de su grupo y es en parte Ochoa, también cubano, también anciano, director de fotografía. En su dilatada carrera cinematográfica filmó en EE.UU a Errol Flyn, a Victor Mature, a la sin igual Ava Gardner, a Spencer Tracy en El viejo y el mar.

También dirigió y fotografío un clásico del cine social colombiano, Tierra amarga en 1965. Desde su llegada a España hace más de cuarenta años ha estado presente en innumerables largometrajes. Musicales como El padre Coplillas, policiacos como La última jugada, de terror como Vudú sangriento. A finales de los setenta (creo que la foto que ilustra el post es de algo antes) fundó su productora, Ballesta Films. A través de ella sacó adelante películas muy taquilleras, aquellas películas del destape clasificadas S con títulos como Silvia ama a Raquel, Aberraciones sexuales de un diputado, Con el rabo entre las piernas o Vicios de mujer. Cine de consumo, de género. Pero cine sin complejos.

Su trayectoria profesional ha sido tan variada como la personal. Tuvo cinco esposas y numerosos hijos (colombianos, estadounidenses y cubanos). Con su última mujer (casualmente se llamaba como el personaje femenino de ULISES: Carmela) no tuvo hijos. Vivieron treinta apasionados y turbulentos años en Madrid, hasta que ella enfermó de cáncer y falleció hace una década. Hoy, Roberto Lázaro Ochoa apura la vida en su pequeño piso del centro, acompañado por un canario (el gato se fugó hace meses), que canta y canta como si le hubieran dado cuerda, y un tarro con las cenizas de su mujer, que tiene en lugar destacado del salón y al que en momentos de soledad y alcohol le habla. Tiene el hígado destrozado, los pulmones negros y un tumor en la próstata del que se ha recuperado. Últimamente tiene una pierna jodida. Lo he acompañado al hospital en diferentes ocasiones. Allí, a veces soy su sobrino, a veces su cuñado, siempre un familiar al que los médicos -a los que detesta, pero camela- puedan explicarle la realidad de su enfermedad, puesto que piensa que siempre mienten a los pacientes.

Ochoa es un tipo singular que se hace querer. Habla de cine cuando se le anima -al principio se niega, puesto que a sus ochenta años su máxima es vivir el presente-, de mujeres, de boxeo y de Arturo (cartonero, dipsómano impenitente y artista blablablá de todo y nada), un amigo común al que detesta y adora a partes iguales.

Ochoa vio la primera trilogía de Teatro Hurgente (le encanta ir al Janagah y seducir a las chicas), pero me resistí a que viera ULISES. Podía haberlo llevado. Ochoa -que practicó el boxeo en su juventud- es un tipo que no se arruga ante nada, menos ante un cuentito con monigotes, como diría él, aunque refleje parte de su historia. Se quedaría analizando la posición de las luces y no podría reprimir alguna crítica técnica. Pero yo -que también he practicado el boxeo- sí me arrugué. Fue un error. Ulises no es Ochoa.

Ahora que estamos a punto de estrenar En Negro, creo que no voy a cometer el mismo error. Creo que voy a invitar al mafioso Señor Mierda a asistir al espectáculo. Y también a sus dos esbirros. Y a la chica mala y a la buena chica. Creo que me gustaría verlos a todos sentados en primera fila.

ANTONIO DE LA TORRE en AzulOscuroCasiNegro

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azuloscurocasinegro
Antonio es esa clase de actor que ha ido ganando con los años. Lo recuerdo -mucha gente lo recuerda- en el personaje de Pelopincho de la serie de televisión Lleno por favor que emitió Antena 3. Era un actor de una comicidad efectiva. De ahí hasta ahora, ha ido caminando con paso seguro en su carrera. Lo hemos visto en un montón de papeles secundarios. Ha sido de esos secundarios robaescenas en la primera película de Iciar Bollaín, en el primer Torrente de Santiago Segura y en otras muchas. Últimamente, podemos verlo en Volver de Pedro Almodóvar y en AzulOscuroCasiNegro de Daniel Sánchez Arévalo. Y cada vez que lo ves te quedas con ganas de más. Te quedas con ganas de que la historia gire en torno a su personaje. En torno a él.

Antonio ya tenía el talento. Ahora tiene también el conocimiento. Y un físico que ha ganado con los años. Un rostro curtido que atrapa a la cámara, que seduce, intriga, atrapa al espectador.

Es algo objetivo. No lo digo porque sea mi amigo. Sólo hay que ir al cine a verlo en pantalla.