Hablamos de cine, de televisión y, finalmente, de obreros y empresarios. De la primera reunión a ésta, no habíamos cambiado mucho. Todos manteníamos las mismas posturas, matizadas quizá por la experiencia, e igualmente enfrentadas. Sin embargo, había algo que nos unía. Todos éramos hijos de obreros y unos más y otros menos lo habíamos olvidado inmersos en la vorágine de eso que llaman "ascenso social". Éramos profesionales.

Profesionales. Es decir, obreros asimilados. Obreros sin conciencia de pertenencia alguna. Obreros que han olvidado su historia común de lucha. Me sentí triste. Siempre pensé que uno nunca debe olvidar de donde viene, puesto que esto determina el camino. No hace mucho leí una crítica de Javier Vallejo en El País sobre la versión teatral que ha hecho Antonio Onetti de "Solas", la película de Benito Zambrano. En ella clasificaba a las dos protagonistas, madre e hija -ésta limpiadora-, como clase media baja. Ya no existe la clase obrera. Nos han arrebatado el nombre, el concepto, la historia, la lucha... la conciencia. Ahora somos operarios o profesionales. Clase media. Baja, alta, Media-media... Pero clase media. ¿Es ese nuestro camino?

Nos despedimos sobre las cuatro y media de la madrugada. Estaba cansado y, no sé por qué, pensé en Brecht.