Oí hablar de Sarah Kane cuando ya se había convertido en un mito: se suicidó en 1999. No tenía treinta años y ya se sentaba a la derecha en el Club de los Suicidas. Haciendo honor al título de su -creo- primera obra, reventó. Se convirtió en objeto de estudio de psiquiátras y psicólogos, de cazadores de mitos literarios. Pero, más allá del mito, en Sarah Kane están Pinter y Beckett. La técnica. La escritura. Cierta filosofía. Pero ella no sólo escribe. Dispara. Construye teatro a base de disparos. Hay quien la acusó de tremendista. ¿Y qué?