En aquella época, Paco Serra partía de collages de fotos de revistas pornográficas, luego diseñaba con programas informáticos, ploteaba el resultado en grandes lienzos y volvía a crear a base de pintura acrílica. Es decir, partía de lo reproducido para descontextualizarlo, darle una nueva significación y, de un modo mágico, dotarlo de ese AURA casi mística de la que hablaba Benjamin: "el aquí y ahora de la obra de arte, su existencia irrepetible en el lugar en que se encuentra". Esto, sigue Benjamin, constituye el concepto de su autenticidad. "En la época de la reproducción técnica de la obra de arte -concluía- lo que se atrofia es el aura de ésta".

Paco Serra actuaba en la creación de su obra como una especie de justiciero del arte. Armado de cúter recortaba las piezas de un rompecabezas y las armaba pacientemente hasta construir, por ejemplo, "Le petit dejeneur de Mme. Josephine" (Un gran falo negro dentro de la boca de una mujer, rezumante de semen, sobre el fondo rojo y amarillo del logo de Cola-Cao). Independientemente de la valoración moral o estética del motivo, que generó cierta polémica en la exposición que organizó L'Oreal, aquella obra, aquel desayuno, tenía -que me perdone Benajmin- AURA. Un AURA que presuntamente fue censurada por los organizadores ante la visita de una alta personalidad del Estado.

Vuelvo a releer el texto de Benjamin para la tesis y pienso que el código teatral también tiene AURA. ¿Qué otro arte puede presumir más del aquí y ahora? ¿Qué arte puede presumir de un aquí y ahora cambiante cada día, en cada representación, en cada dirección, en cada actuación?