Dice Rosana Torres en El País que "en las últimas décadas hubo que decir adiós a verdaderos templos de la escena como el Martín, el Fuencarral, el Cómico, el Goya, el Valle-Inclán, el Benavente, el Eslava, el Arniches, el Barceló, el Beatriz, el teatro Club, el Lavapiés o el Recoletos". Unos se convirtieron en restaurantes, otros en discotecas. La mayoría en nada. En silencio.

De alguna manera, la respuesta del mundo de la cultura contra el derribo del Teatro Albéniz y la toma reciente del Teatro-Cine Bogart por parte del movimiento social "Rompamos el Silencio", dentro de su campaña contra la especulación inmobiliaria y la precariedad laboral, ha hecho que suenen ecos de voces en aquellos escenarios hoy apolillados o fantasmales. Hoy, la nada es menos nada y el silencio menos silencio. No es mucho. Pero podría ser un comienzo.