Allí se comparten insultos y se ensayan amenazas que luego saltan de la realidad virtual a la realidad a secas y llegan al actor, al director, al gestor del teatro en forma de e-mail, de llamada telefónica, de carta anónima. Para amedrentarlos, para someterlos mediante el terror. Ya son tres los espectáculos atacados. Tres los espectáculos retirados. La agresividad terrorista crece y se envalentona ante una sorprendente pasividad del resto del mundo. Uno lee, por ejemplo, las tibias declaraciones de muchos de los compañeros de profesión (mejor no leer la de los cómplices de los terroristas), y te salta a la cara el subtexto, como un cachete de monja: tenía ganas de provocar, se pasó en las declaraciones... Si los han amenazado, agredido, o colocado una bomba debajo de un asiento del teatro es porque algo han hecho: ¿unas declaraciones injuriosas contra la patria que, por otro lado, nada tienen que ver con la obra atacada? ¿Poner un título más o menos acertado a un texto basado en una experiencia personal con el catolicismo? ¿Denunciar el fundamentalismo religioso mediante el sarcasmo y la parodia? Pecados capitales todos. Se merecen arder en la hoguera terrorista. Se merecen, al menos, sufrir un poquito de kale borroka. Saquemos a Brecht del armario, por favor, e invitémosle a café y puro para que nos recuerde otra vez aquello tan repetido de que vale, que no somos comunistas, ni judíos pero que vendrán a por nosotros. ¡Lorca somos todos, me cago en dios!, dicho con todo respeto, por supuesto.