Fui el primero en abandonar el grupo. En dejar de tocar, quiero decir. Porque me encargaba de hacer algunas letras (recuerdo especialmente un tema titulado "Amando a un muerto". Iba de una chica enamorada de su difunto primo hermano) y de intentar sobar a las chicas que visitaban nuestro local de ensayo (una habitación de la casa de mi abuelo). Carlos Makheijan, con quien compartí empleo en una fábrica de puertas de madera para muebles, lo dejó con veintitantos, poco después de casarse. Jose, que se encargaba de los punteos tipo Pink Floyd, ahora es profesor de música en un instituto. Sólo Pinto, el batería que se parecía a Ringo Starr y cantaba como Paul McCarney, y mi primo Cruz, que tocaba los teclados, siguen en la brecha, simultaneando la música con empleos más o menos estables. El jueves 30 de noviembre va a estrenarse en el Museo de América "Algo sigue su curso", una obra que habla de entonces. De sueños, de miedos, de senderos, de vacío, de silencio...

En la sinopsis que aparece en el programa junto a la foto del actor Rafa Zumárraga, que encarna a uno de los personajes -de algún modo creo soy yo- se puede leer: Ante la mirada derrotada de un obrero veterano, dos jóvenes, miembros de un grupo de rock y compañeros de trabajo en la misma fábrica de muebles, se enfrentan a una decisión que determinará trágicamente el resto de su vida. A veces, cuando la realidad se muestra con la crudeza de la cotidianeidad, sólo queda la música y todo se puede explicar con una canción, evocada, versionada por los protagonistas. Heredera directa de los postulados del “Teatro Hurgente” -sobre todo de “Dos obreros”, el texto que inauguró el movimiento- la obra toma su título de un diálogo de “Final de partida” de Samuel Beckett. El enfrentamiento entre la necesidad de elección de un futuro propio y el determinismo de una condición social impuesta toma cuerpo en esta obra con tintes beckettianos al ritmo del sonido de una enorme máquina, metáfora de que, efectivamente, “algo sigue su curso”. Teatro de texto, pero sobre todo de ritmo y de silencio.

Para mí, sin embargo, todo se resume en una sola palabra: entonces. Con música, claro