Pensé en llamar a mi admirado amigo M4rt1n, experto si no en carioconcias si en organismos similares, y pedirle algún veneno con el que acabar con ellas. Descolgué el teléfono y marqué las primeras cifras de su número...Sentí que una de las carioconcias me miraba. De repente, me di cuenta que no era una. Eran varias. Muchas. Todas. Las 34 al mismo tiempo.

Me asusté y colgué. No sé lo que vi en aquella múltiple mirada. No sabría definirlo. Algo corpóreo, pero informe, quizás viscoso. Creo que -estoy seguro que no fue una alucinación- llegué a percibir un olor salado, una especie de olor a algas, a organismo marino. Decidí no hacer nada. Quizás las carioconcias se marchasen de la misma manera repentina en que habían llegado. Lejos de ello, al poco tiempo, un nuevo grupo formado por 177 carioconcias habían anidado justo al lado de los trackbacks, en la zona de los comentarios, y un pegajoso olor a mar, a sexo, lo había invadido todo. Tenía que hacer algo. De momento, la plaga -a estas alturas no podía calificarlo de otro modo- estaba localizada en "Los mandamientos de Asimov". Todavía no se había extendido al resto de la página. ¿O sí? Revisé el resto de post. Primero, de forma aleatoria -al tuntún, quiero decir-. A medida que fui descubriendo nuevos nidos, una desesperada sensación de allanamiento, de vulnerabilidad, de vejación, de violación, me fue invadiendo.

Había una colonia de 327 carioconcias en los trackbacs de mi post favorito, "El tesoro (gráfico) de la Viuda Negra", 130 carioconcias apelmazadas en "Janagah en JanAmérica", 128 en "Me cago en Dios, Lorca eran todos" y, lo que más me llamó la atención por lo paradójico, dos colonias de 358 y 214 carioconcias habían invadido, respectivamente, los tracbacks y los comentarios de "La invasión de los niños mutantes". Sin duda, era la hora de llamar a M4rt1n. Él sabría lo que hacer. Ya me había dado buena muestra de su capacidad al descubrir a los Trolls de "La invasión de los niños mutantes". Sólo esperaba que no fuera demasiado tarde. Descolgué el teléfono por segunda vez y por segunda vez colgué sin haber realizado la llamada. Aquel intenso hedor a algas podridas... Aquel olor... No me molestaba. No sabía por qué, pero no me detuve a buscar la respuesta. Por segunda vez, decidí no hacer nada.

Las colonias de carioconcias crecen día a día en mi espacio. Suelo echarles una mirada de vez en cuando. No las toco, aunque a veces sienta curiosidad por sentir su roce en las yemas de mis dedos. Ya no me molestan. Me he acostumbrado al hedor. Simplemente las observo. A las carioconcias. En realidad, creo que no se llaman carioconcias. O puede que sí. A lo mejor las he rebautizado, por no sé qué insondables designios del destino, con un nombre que ya existía para ellas. Quizás Cortázar ya estaba pensando en ellas cuando se inventó el sustantivo en Rayuela. Lo que es seguro es que M4rt1n podría decirme el nombre técnico de mis carioconcias. Pero prefiero no acudir a él. Por si me advierte de un eventual peligro. Me gusta observarlas, ver cómo se reproducen, detectar una nueva incorporación, seguir su clonación y la clonación de su clonación. Simplemente, están ahí. Las carioconcias.