Albert Espinosa es uno de esos autores que tienen su propio mundo. Un mundo que interpreta a su modo cualquier motivo, cualquier tema. Quizás el mismo motivo, el mismo tema. Un mundo en permanente construcción por un recalcitrante Peter Pan que se ha revelado contra el tiempo -qué diablos, hace retaquetebién: es su mundo-. Ayer, invitado por Mónica Ortega, estuve en el Centro Dramático Nacional viendo "Idaho y Utah", una obra fresca y profunda a la vez, divertida, triste, emocionante, de un naturalismo casi hiriente en su aparente sencillez.

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