En la nota de prensa que escribí hablaba de dos Raúles en el mismo cuerpo, el preso y el hombre de teatro. Sin embargo, ahora reflexiono sobre las palabras que me dijo sobre su montaje, y que hacía referencia a su situación, y creo que me equivoqué. “A la sombra de la cárcel, luego de revolcarme en la culpa, la propia y la ajena -me dijo-, recuperé esta historia de mesías enloquecidos, verdugos enamorados y un Dios decrépito que se caga y se mea y al que sólo visita un barquero de dudosa catadura moral, para aferrarme a él con la tenacidad de la que sólo es capaz un condenado. He intentado atrapar la desesperación de los seres más allá de sus crímenes y también las aspiraciones de redención, aunque para muchos criminales la redención no existe; es una utopía inalcanzable”. Sólo hay un Raúl Alfonso, el hombre de teatro que también me dijo: “Vale la pena intentar contar esta historia, compartir la experiencia humana -mi experiencia- desde el teatro, el único mundo en el que ya no encuentro ataduras y que me pertenece por derecho propio".