Hace ya demasiado tiempo. Un juvenil Antonio de 19 años -por aquel entonces aspiraba a ser el nuevo José María García, a quien imitaba constantemente sin venir a cuento- entró en el sótano que compartíamos Martín, José Luis y yo. Las paredes del salón, donde dormía José Luis, estaban forradas con fotos explícitas recortadas de las revistas pornográficas a las que nuestro compañero era adicto por aquella época. El ambiente húmedo y sombrío, los muebles viejos y destartalados y aquellas figuras en asombrosas posturas sexuales le daban a la estancia un aspecto sórdido y cuanto menos inquietante.

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