Antonio tuvo que pasar la noche durmiendo en la misma cama que Martín. Suele contar que no pegó ojo, aterrado por la sensación de que de un momento a otro aquellos tres alcalareños iban a saltar sobre él para abusar de su inocencia. Tiendo a imaginarlo envuelto en sudor, apretado a la almohada, llamándonos abrazafarolas y chupópteros -nunca mejor aplicado- con la voz de José María García.

Andábamos vagueando por la Plaza de Colón. Mónica, Mamen, Mariola, Nuria, Martín, José Luis y yo esperábamos a Alberto, que había quedado con un tal Coque, un amigo suyo que tenía un grupo de rock desconocido llamado Los Ronaldos que recién había firmado con una multinacional. Cuando llegaron a Martín se le ocurrió que fuésemos a comer a un chino, pero nadie tenía pelas. "Éste sí", añadió Martín señalando al pobre José Luis, que vivía -y vivíamos- de un dinero que había ahorrado dedicándose a la venta ambulante. Me jodió tanto el morro de Martín que le propuse a José Luis y a Nuria que nos fugáramos justo en la puerta del restaurante. El resto se quedó a comer -creo que no se cortaron un pelo- confiando el fin de la broma a nuestro eventual regreso. No hubo tal y a la hora de afrontar la cuenta algunos se vieron obligados a quedarse en prenda ante la mirada inquisitiva de un camarero chino -y nadie puede siquiera imaginar cómo debe doler esto- mientras las chicas iban a casa en busca de sus cerditos. Tengo la impresión de que nunca nos perdonaron por aquello.

Antonio y Alberto siempre andaban juntos. Eran casi como siameses. Antonio, haciendo gala de su don natural para la imitación, a veces remedaba el caracterísitco modo de hablar de Alberto, marcado entonces por un sutil ceceo. Lo imitó con tanta perfección y tanto que terminó hablando como él, de modo que era casi imposible distinguir a uno del otro si no los tenías delante. Más que siameses parecían la misma persona. Por ello no me sorprendió cuando años más tarde ambos al mismo tiempo aparcaron el periodismo y se matricularon en una conocida escuela de teatro. Un día descubrí a Antonio en la tele, interpretando a Pelopincho en la serie Lleno por favor junto a Alfredo Landa, y a Alberto en las páginas de cultura de un periódico entre los integrantes de la compañía Ración de oreja que estrenaba la obra Animalario. Luego los seguí viendo en el cine y en el teatro. Los vi juntos en El fin de los sueños, la obra que escribió y dirigió Alberto en la que también participó Antonio, en el Alfil, cerca de mi casa. El fin de los sueños fue el principio de la realidad, del presente.

Era de noche. Martín, Antonio y yo caminábamos por mi calle. No recuerdo muy bien si veníamos o íbamos. Antonio andaba un tanto nervioso por su posible nominación a los Goya. No lo tenía muy claro, pese a que todo el mundo hablaba maravillas de su trabajo en Azuloscurocasinegro. Hacía unos días, en un comentario en el blog de Martín, yo mismo se lo había vaticinado. "Es más -le dije aquella noche, absolutamente convencido de mis recién descubiertas dotes adivinatorias- no sólo te van a nominar, sino que lo vas a ganar". Antonio me sonrió. "No sé, no sé", respondió mencionando después una lista de actores a los que él atribuía más posibilidades. Unos meses después, viendo la gala de los Goya por televisión, pude permitirme decir: "Yo ya lo sabía". Antonio le dedicó el Goya a su familia y a Alberto San Juan, por haberle enseñado el camino.

Nuria y yo acabábamos de ver Bajo las estrellas en los Cines Princesa. "Te has dado cuenta -le dije en plan pedante- que la película de Alberto y Azuloscurocasinegro cuentan cada una a su manera la misma historia". Nuria me pilló al vuelo. "La historia de Alberto y de Antonio", respondió. "La historia de dos hermanos", añadí. En ese momento supe que Alberto iba a cambiar la trompeta de su personaje por el busto de Goya. Incluso adiviné parte de su discurso en la ceremonia: "...a Antonio de la Torre, con quien compartí el camino".