Dejó los cafés sobre la mesa y se fue dejando un rastro que nos vimos obligados, como hipnotizados, a seguir con la mirada hasta que llegó al lugar que solía ocupar en la barra. "Qué buena está", dijo mi amigo. "Demasiado delgada", apostillé con una exigencia hipócrita. "¿Qué me dices?", preguntó mi amigo. "Que está flaca", repetí. "No -dijo-, me refiero a lo que te he propuesto". Dilaté la respuesta todo lo que pude. Encendí un cigarro. Di un sorbo al café. Tosí. No quería defraudarlo.

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