Soy otro: un extraño

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Hoy Pitol me ha recordado algo que escribió Justo Navarro, novelista y traductor, en el prólogo de El cuaderno rojo de Paul Auster. Cuando lo leí hace unos años me pasó desapercibido. Ahora, con la relectura, adquiere todo su sentido. Navarro escribió esto:

Escribes la vida, y la vida parece una vida ya vivida. Y cuanto más te acercas a las cosas para escribirlas mejor, para traducirlas mejor a tu propia lengua, para entenderlas mejor, cuanto más te acercas a las cosas, parece que te alejas más de las cosas, más se te escapan las cosas. Entonces te agarras a lo que tienes más cerca: hablas de ti mismo conforme te acercas a ti mismo. Ser escritor es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo. Escribir es un caso de impersonation, de suplantación de personalidad: escribir es hacerse pasar por otro.

Soy otro. Un extraño.

Cita con Pitol

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Ayer me visitó Sergio Pitol en casa. Está viejito y gordo. Me recordó a mi amigo Roberto Lázaro Ochoa, cineasta y productor, que murió hace una década a los 86 años. Pitol se sentó en la incómoda butaquita del salón y, bajo la luz del flexo, me habló mucho del gran Monsiváis, que también murió y que era su gran amigo literario y al que nunca leí. La literatura, precisamente, ocupó la mayor parte de la conversación. Él, Pitol, me dijo que se había dedicado a estudiar las poéticas de otros y que nunca había tenido tiempo de meditar sobre la suya. No me lo creí del todo a tenor de lo que me estaba contando sobre su preocupación por la forma.

Poco antes de despedirse (ya era tarde y tenía que tomar el avión rumbo a México: vive en Xalapa) me dijo algo que, en cuanto le di un abrazo agradecido y cerré la puerta, anoté precipitadamente en mi cuaderno de notas y que reproduzco, por su interés (pienso en mis alumnos de la universidad), aquí:

Otra regla, la definitiva: jamás confundir redacción con escritura. La redacción difícilmente permitirá que la palabra posea más de un sentido; para la escritura, la palabra es por naturaleza polisemántica (sic): dice y calla a la vez; revela y oculta. La redacción es confiable y previsible; la escritura nunca lo es, se goza en el delirio, en la oscuridad, en el misterio y el desorden, por más transparente que parezca.

Hacía unas semanas les explicaba a mis alumnos de Periodismo la diferencia entre el lenguaje periodístico y el lenguaje literario, entre denotación y connotación, las dimensiones del acto del lenguaje de Austin y la significación del silencio entreverado entre las palabras en la comunicación. El curso que viene, me dije, Pitol estará también en mis clases. El periodismo, ya les he dicho a mis alumnos con mi prepotencia habitual, es un oficio cortito si no se complementa con estas cosas.

Nota: Tengo que leer a Monsiváis.

Barthes y el drama videoescénico

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Ando repasando mi tesis doctoral, Poética del drama videoescénico. La enunciación audiovisual en el teatro español actual, (masoca que es uno) para una posible publicación en formato libro y leo esto:

Barthes destaca la complejidad de la representación teatral al darse al mismo tiempo una pluralidad de signos proveniente de lo diferentes códigos (y de los usos de éstos) que conforman el sistema teatral. En el drama videoescénico, objeto de esta investigación, esa densidad extraordinaria de la representación teatral, entendida como acto semántico, se ve ampliada al insertarse en el modo de representación teatral elementos del modo de representación narrativo de enunciación audiovisual. Esta investigación no puede dejar de lado, por tanto, parafraseando en sentido inverso al propio Barthes, “el problema del cine”, puesto que los elementos permanentes en la representación teatral, como la escenografía, y aquellos que se muestran cambiantes, como la palabra, los gestos y los movimientos del actor, se relacionan obligatoriamente con los elementos del modo narrativo de enunciación audiovisual a través de la pantalla o cualquier otro soporte de proyección presente en el escenario. La pantalla, como soporte, se encontrará en muchos caso permanentemente en el escenario, formando parte de la escenografía; las imágenes proyectadas serán elementos en permanente cambio, cambio de la verbalidad, el movimiento o los gestos de los actores, pero también de espacios, que podrán desbordarse en su multiplicidad, puesto que la imagen audiovisual está capacitada para convertir en patente cualquier espacio latente o, incluso, en apariencia ausente. De manera que el modo narrativo de enunciación audiovisual, inserto en la representación teatral, amplía el sistema de signos del teatro o, dicho con las palabra de Barthes, redimensiona su “espesor de signos”.

Jo -pienso-, esta parte me salió bonita.

Despedida

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Piglia Renzi
He estado postergando la despedida de Renzi. Pero hoy, justo antes de llegar a Príncipe de Vergara, he cerrado el libro. Han sido unas cuantas semanas de viajes compartidos en el metro. “La historia continuará -me dijo-. Si no me muero antes”. Me conmovió. Renzi, el de verdad, el que vive fuera del libro, tiene ELA. Me lo descubrió Jorge Carrión en El País. “Mierda”, me dije. No me consuela que, como autor implícito, siga viviendo eternamente en esa posteridad para la que uno escribe de la que hablaba el maestro Monterroso hace años, poco antes de morirse, en Casa de América. Me gusta imaginarlo cercano, corpóreo, en Pricenton o paseando por Buenos Aires. A Renzi. No sé qué decir. Hasta la próxima estación, Renzi, amigo.

Decisión

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Me dice Renzi en el metro: Uno vive una vida de escritor porque ya lo ha decidido, pero luego los textos deben estar a la altura de esa decisión. Renzi, alos 16 años, ya tenía claro que la literatura era su destino. Toda su vida (nació en el 40, dos años antes que mi viejo) estuvo enfocada, improvisadamente, obstinadamente planificada y diseñada, hacia ese objetivo. Creo que él puede decir que sus textos están a la altura de la decisión adolescente. En fin, siempre es interesante escuchar a Renzi en el metro.

Escritor inventado

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Últimamente suelo encontrarme de nuevo con Vila-Matas. Viajamos juntos en un vagón de metro camino de la universidad. Me cuenta que, a pesar de todo (está algo cansado del éxito de aquel libro), sigue coleccionando Bartlebys. También me dice cosas como éstas, que no me resisto a consignar:
– “Todo escritor es un híbrido en el que conviven influencias de escritores reales junto a influencias de otros que son inventados”.
– Me cita a la Duras (tengo Écrire en la mochila junto a un libro suyo): “Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribéramos”.
– Y a Magris: “Escribir significa transformar la vida en pasado, o sea, envejecer”.
– A él mismo: “Puesto que la vida es un tejido continuo, una novela puede ser construida como un tapiz que se dispara en muchas direcciones: material ficcional, documental, autobiográfico, ensayístico, histórico, epistolar, libresco…”
Me habla del argumento de la novela La marcha humana de Lorenzo Garza y me entra la necesidad de hacerme con ella, aunque sospeche que se lo está inventando todo: argumento, título y autor.
A veces, por seguir en su compañía (es un gran conversador), deseo no llegar nunca a la universidad. Mecido por su palabras entro en una duermevela deliciosa y siento que soy un escritor inventado (como el inventado Pierre Menard) y viejo (como el viejo periodista Pereira) que escribe un libro de arena, inagotable, en sueños.

Metro

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Ando leyendo a Piglia en el metro durante el trayecto a la Universidad. Ayer estaba tan enfrascado en la lectura que me pasé dos estaciones. Hoy me dejé atrás una y, a la vuelta, me la volví a dejar.

Ando ahora en el andén, esperando la llegada del convoy. He dejado de leer un rato. Temo no poder avanzar ni retroceder, permanecer indefinidamente en este ir y venir de estación en estación, atrapado aquí abajo para el resto de mis días.

Si esto fuera un -mal- cuento diría: Tengo la imprecisa sensación de estar dentro de un sueño.

Oigo la llegada del metro. Esto no es un sueño. Ni un cuento. Entonces, —¿por qué me siento como si fuera uno de esos personajes de Piglia o del mismísimo Borges?

Subo al metro. No sé si podré salir de aquí.

Entrevista socrática

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Hoy cambié la metodología de la clase. Abordábamos la entrevista como género periodístico. Les dije a los alumnos que en vez de que el profesor les expusiese el tema, iban a ser ellos los que, desde el primer momento, preguntaran. En función de las cuestiones planteadas íbamos a desarrollar el tema. Al fin y al cabo, trabajábamos sobre el arte de las preguntas y las respuestas.
Una especie de método socrático.
Se me asustaron.
Sólo se tranquilizaron cuando les prometí que luego volveríamos a la metodología habitual.
Me gustó la experiencia. Una obra de teatro con la improvisación (documentada) como base.
Ahora temo que me demanden la nueva metodología para el resto de las sesiones.

Novela

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Esta noche soñé que estaba escribiendo una novela. La clave del sentido de la historia que estaba contando se encontraba en una estructura nueva, inédita, magnífica. Tenía consciencia de que estaba en un sueño. Quise despertarme para apuntar las claves, la estructura, la historia, la novela, y lo hice. Me desperté. Pero me dio pereza levantarme a buscar cuaderno y bolígrafo y volví al sueño. Luego ya no me acordé de nada. Pero sé que era una gran novela. No me da pena. También sé que ya la escribí.

El libro -gordo- de Renzi

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En el metro. De regreso del Campus de Fuenlabrada. A mi lado, una alumna. Acabamos de salir de clase de Redacción Periodística de Primero.
– Para ser periodista hay que leer mucho, —¿no? -me dice mirando el libro -gordo- que tengo entre las manos.
Sonrío.
– Y para no serlo.
– A mí es que no me gusta leer.
Todo me resulta tan ingenuo, tan formidablemente tierno, que no puedo evitar entrar en juego.
– Porque no has descubierto el libro -le digo.
– —¿Qué libro?
Callo. Un momento. Establezco la intriga.
– El tuyo. Cada uno tiene su libro.
No me entiende.
– Tú lee -añado-. Seguro que lo encuentras. Tarde o temprano siempre se encuentra.
Levanto el libro -gordo- para mostrarle el nombre de la portada.
– El de Renzi fue La peste de Camus. Era un adolescente. Lo compró porque se lo pidió prestado una chica. Lo leyó en una noche. Y no le gustó. Pero ya no dejó de leer. Escucha.
Le leo un párrafo corto:
Oh el azar, los azahares, las muchachas en flor… Tengo setenta y tres años, viejo, y sigo ahí, sentado con un libro, a la espera…
Se levanta del asiento. Es su parada.
– La semana que viene te pregunto -le digo.
– —¿Sobre qué?
– Sobre el libro que te habrás leído.
Se echa a reír.
En ese momento pienso que no me va el papel de maestro. Me encuento más cómodo en el de colega. O en el de amante.
Se cierran las puertas del metro. Sigo leyendo el libro -gordo- de Emilio Renzi.